Los cuentos de Litman

LOS CUENTOS DE LITMAN EN ESPAÑOL


Presentación.



Presentamos aquí una selección de cuentos infantiles traducido al español por Berta Geltman, hija del autor. Creemos que tienen interés no sólo por su valor como exponentes de la literatura en idish producida en la Argentina, sino también como testimonio de la época que se refleja en más de un cuento. No en vano han sido reeditados en Estados Unidos después de más de 60 años.


Buena parte de ellos fueron escritos a partir de los relatos que hacía a sus hijos, todas las noches antes de dormir. Hay allí cuentos para todas las edades, porque desde muy pequeños hasta ya bastante crecidos, la costumbre del cuento de las buenas noches, se continuó practicamente hasta su muerte.


Tenemos cuentos de distinto contenido, pero en todos hay alguna enseñanza. Podemos catalogarlos en diferentes grupos. Algunos describen simplemente la forma de sentir y pensar de los pequeños; más de un padre encontrará allí, relatado con cierto humor, las alegrías y los caprichos, las inquietudes e impaciencias, los juegos y diversiones de los niños de otra época, que también quizás, fueron los suyos en su infancia, y pueden servir para reflexión con respecto a los niños actuales. Es posible que algunos cuentos, más que relatos dedicados a los niños, hoy puedan ser considerados como relatos sobre los niños que pueden interesar a los adultos.


Hay cuentos que manifiestan el amor a la naturaleza, la belleza de los árboles, los cantos de los pájaros. En otros encontramos una profunda sensibilidad social: las angustias de la pobreza, el trabajo de los padres, su preocupación por lograr el bienestar de sus hijos. Tenemos cuentos sobre la escuela, los maestros, la importancia de la educación. En muchos aparecen el papá y la mamá y en más de uno quedan resaltadas las virtudes de las madres.


Un lugar aparte tienen aquellos relatos en que predomina la paradoja, el absurdo, como por ejemplo, las bromas del tío Simón. Todo lo que dice el tío supera las dimensiones de lo racional y en ello, para un niño de un poco más de seis años, aparte de la diversión, podemos notar el estímulo para que piense, para que descubra que las cosas responden a ciertas leyes que no son arbitrarias y tienen su lógica, que no se puede mandar una lluvia por correo y no se puede guardar una plaza debajo de la cama.


Damos a continuación una semblanza de la vida y obra de Litman Geltman.



Vida y obra.


Sh. Freilaj (seudónimo de Litman Geltman, 6/10/1898- 26/7/1946) firmaba sus cuentos infantiles como Litman. Había nacido en Mezrich Podliasie, Polonia, se recibió como maestro en Varsovia y ejerció durante un tiempo esta profesión. Colaborador en distintas publicaciones en Polonia, Inglaterra y Canadá, vino a la Argentina en el año 1924, entrando a participar en el diario Di Presse, uno de los que en ese tiempo se publicaban en idish. Sus primeras colaboraciones fueron cuentos humorísticos y pequeñas anécdotas, pasando a ser redactor y miembro de la sociedad que dirigía el periódico en 1927.


En 1931 comienza a redactar cuentos para la sección del diario dedicada a los niños, de cuya recopilación salieron los siguientes libros: “Fun ale zibn zajn” (“De todas las siete cosas”) Buenos Aires, 1933, “A lijtike velt”, (“Un mundo luminoso”) Buenos Aires, 1935, “Feter simjes shpasaraien”, (“Las bromas del tío Simón”) Buenos Aires, 1936, “Maiselej”, (“Cuentos”) Varsovia, 1938, “Forshtelunguen”, (“Representaciones”) Varsovia, 1938 ,“Maine Heldn”, (“ Mis héroes”) Buenos Aires, 1944,. Como homenaje póstumo un grupo de amigos publicó la selección de cuentos, “Kinder” (“Niños”) Buenos Aires, 1947.


A lo que hay que agregar “Pinoquio”, (“Pinocho”) de P. Coladi, traducción, Varsovia, 1939.


Aparte de la literatura infantil, publicó “Eretz Israel in 1937”, (“Eretz Israel en 1937”) Buenos Aires, 1938, “Kasze Corrientes”, (“Calle Corrientes”) cuentos humoristicos, Buenos Aires, 1942. Como autor teatral produjo “A najt in suja”, (“Una noche en la cabaña”) representada en Buenos Aires y en provincias, 1943, la comedia “A mol iz gueven a shtetl ”, (“Hubo una vez un pueblito”) 1944, y las obras históricas “Der ranbam”, (“Maimónides”, el filósofo) 1945, “Der Balshem”, (“Vida del místico judío Balshem”) 1945, también representadas en Buenos Aires.


Sus cuentos y narraciones infantiles fueron reproducidos en la Argentina y en Estados Unidos en libros de texto, revistas y periódicos dedicados a los niños. Ultimamente, los cuentos de Litman han sido reeditados en Estados Unidos por el National Yddish Book Center y se pueden conseguir por Internet.


El General Invierno.





Dos chicos llegan el 20 de septiembre a la casa del invierno y quieren ayudarlo a empacar. Agradece él la buena voluntad y el favor y dice que es una lástima.


  • ¿Por qué?.

  • No voy a viajar.


Se quedan los chicos parados asombrados.


  • ¿Qué quieres decir? ¿No viajas?. ¿Mañana no es acaso 21 de septiembre?.

  • Por mí –dice el invierno- puede ser mañana 21, tengo tiempo, no tengo ningún apuro.

  • ¿Y cuando llegue la primavera?.

  • Si llega la primavera, se pescará un resfrio.


Los chicos se miran entre ellos y no saben qué hacer.


Es la primera vez que oyen al invierno decir estas palabras y se alzan de hombros.


  • Entonces –pregunta un chico- ¿Tu planeas quedarte?.

  • No –dice el invierno- Pero, ¿acaso tengo que viajar justo el 20 de septiembre? ¿Qué, si viajo el 20 de octubre no va a servir?.


Y el invierno tiene una excusa, una razón, el verano tampoco se fue puntualmente el 21 de marzo, debía irse el 21 y se fue el 23, y aquí no hay privilegios,.


  • Déjenme a mí también tomarme un respiro –dice el invierno. ¿Son ustedes tan puntuales? ¿Cuántas veces sacan un libro de la biblioteca por dos días y no lo devuelven ni aún después de siete?.

  • Sí, tienes razón, ¿quién dijo que no?. Pero la cosa es así, nosotros hacemos una fiesta el 21 a la noche para agasajar a la primavera…

  • Quiero entonces estar en la fiesta.


Los chicos oyeron estas palabras y se agarraron las cabezas.


  • Linda fiesta va a ser, si tú, invierno, vas a venir.

  • Vamos a cantar canciones sobre el alto cielo azul, y afuera va a llover, hablaremos de días luminosos y cálidos y la gente va a temblar de frío.

  • ¿Qué quieren ustedes? –dijo el invierno con gran desagrado- ¿que por vuestra fiesta de primavera me tire al fuego?.

  • ¿Qué fuego?.

  • Bueno, hablaré y les contaré. ¿Saben acaso ustedes chiquillos, a dónde tengo que viajar?.

  • Claro que lo sabemos, dicen que irás a Europa.

  • ¿Y qué pasa ahora en Europa, lo saben ustedes?.

  • Linda pregunta, en Europa hay una guerra.

  • Es una guerra, una guerra de todos los países, y ustedes pequeños egoístas, van a tener una linda y cálida fiesta y que yo viaje en medio del fuego, no les importa nada si allí voy a desaparecer.

  • ¿Por qué vas a desaparecer?. De ninguna manera, nosotros creemos que tú debes ayudar a los aliados a ganar la guerra.

  • ¿Con qué puedo yo ayudar a los aliados a ganar la guerra?.


Los chicos se sientan frente al invierno y dicen:


  • Escúchanos, querido invierno, déjanos decirte toda la verdad, nosotros no iremos a la fiesta del 21 y también te queremos. La verdad de la cuestión es que querríamos que tu nos ayudes a ganarle a Hitler y a Mussolini. Tú, si quieres puedes ayudar en algo y tú ya tienes con tus lluvias y fríos ganada más de una guerra. Seguro, querido invierno, eres el mejor general, te escurres en Berlín, en las altas ventanas y ensucias con heladas las grandes calles, así se quedan todos sin ver ni oír.

  • Después manda al general lluvia, al general nieve y tormenta, al general barro y humedad, donde los nazis están parados y ocupan el camino.

  • El invierno oyó todas las palabras, acarició a los chicos sus cabecitas y enseguida empezó a empacar sus cosas para irse.


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De qué modo Moisecito y Davicito se hicieron amigos.



Moisés y David, no se quieren y siempre se pelean.


Los chicos se encontraron por primera vez en un jardín de infantes y ni bien se vieron comenzaron a empujarse uno al otro. Moisés tenía un papelito en la mano, David se lo sacó y lo rompió, esto enojó a Moisés que comenzó a tírale del pelo a su compañero.


David se puso a gritar y la maestra se acercó y los separó; a Moisés lo sentó en un rincón y a David en otro rincón, pero ni bien la maestra se alejó se juntaron nuevamente y comenzaron a pelearse.


Moisés tenia en la mano un lápiz azul, David se lo sacó y lo tiró. Moisés no se quedó atrás y le sacó a David una lapicera y también la tiró.


Volvió otra vez la maestra y los separó, mandó a uno a un rincón y al otro al otro lado y les dijo que se sentaran sobre sus manos.


No llegan a pasar 5 minutos y ya están otra vez los chicos juntos y vuelven a pelearse.


  • ¿Qué pasa con ustedes chicos? ¿Porqué se pelean? –pregunta la maestra.

  • Él es malo- dice Moisés.

  • No –dice David- yo soy bueno, malo es él.

  • Los dos son chicos buenos –dice la maestra- sean amigos y jueguen juntos como los otros chicos.


Les da cubos de madera, les manda hacer casitas con ellos y les dice:


  • Déjenme ver quién va a hacer una casita linda.


Los chicos empiezan a armar casitas con los cubitos y un tiempo después dice David:


  • Ya está, ya tengo una casita.

  • Eso no es una casita –dice Moisés- es un garaje para automóviles.

  • ¡No! ¡Es una casita!.

  • Es un garaje.


Moisés se enoja, tira abajo los cubitos y empiezan a pegarse. Pero Moisés es más fuerte, David se aleja a un lado y estalla diciendo:


  • Se lo voy a contar a la maestra.

  • No le tengo miedo –dice Moisés.

  • Se lo contaré a mi mamá.

  • No le tengo miedo a tu mamá.

  • Se lo contaré a mi papá.

  • No le tengo miedo a tu papá.


David se queda parado un instante desorientado y no sabe qué decir.


  • Tu sabes –dice al rato- mi padre es bombero.

  • Así –dice Moisés- mi papá es comisario y puede poner preso a tu bombero.

  • Mi papá es un general y tiene muchos rifles y armas y puede fusilar a tu papá el comisario –dice David.


Moisés se queda un rato azorado y no sabe qué contestar.


  • Mi papá es un presidente –tartamudea- que es más grande que un general.


David se ríe.


  • Tu papá no es un presidente.

  • Tu papá no es un general –dice Moisés.

  • Tu papá no es un comisario.

  • El tuyo no es bombero.

  • Tu papá no es nadie, no le tengo miedo.

  • Yo tampoco le tengo miedo al tuyo.


Los chicos se tientan de risa y se sientan junto a los cubos de madera y empiezan a hacer casitas.


  • ¿Tu eres mi amigo? –pregunta Moisés.

  • Claro que soy tu amigo, ¿y tu?. –contesta David.

  • Yo también.


Así se terminó la pelea entre niños pequeños, que se creían malos y eran buenos.


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Diana y su dientito.


Diana tiene un dientito, lo culpa de todas sus penas y dice:


  • El dientito tiene la culpa.


Le dan pan con manteca; pero ella dice que no puede comer.


  • ¿Por qué?.

  • El dientito no me deja…


Le dan sopa, hace un escándalo y dice:


  • El dientito…


Le dan entonces leche, grita otra vez:


  • No, no puedo tomar.

  • ¿Qué pasa?.

  • Otra vez el dientito.


No le creen y le dicen que es una caprichosa; que no pueda comer pan se comprende, pero ¿sopa, leche.?


Dice Diana - no es un capricho, si hasta cuando tomo leche caliente, se resfría el dientito y tirita de frío.


Toman la leche y la enfrían. Diana bebe un sorbo y lo deja con un llanto.


  • ¿Y ahora qué pasa?.

  • De la leche fría, el dientito toma temperatura y duele otra vez.


Ven entonces que es una historia sin final, le mandan abrir la boca y mostrar el dientito enfermo que toma de la leche fría, fiebre y de leche caliente, frío. Ella no quiere.


  • ¿Por qué?.

  • Tengo miedo.

  • ¿De qué tienes miedo?.

  • Me va a doler.


El dientito que es totalmente sano, se mueve y se mantiene en equilibrio. Le dicen a Diana que de una sola vez se lo pueden sacar, pero ella no quiere, porque después de todo le es muy útil, porque juega con él todo el día, lo hace bailar en su boca y lo lleva de derecha a izquierda con su lengua, lo dobla para acá y para allá y le habla igual que a sus muñecas.


  • Ponte derecho.

  • Inclínate.

  • Acuéstate.

  • Párate.


La mamá dice que éste dientito le va a ahorrar dinero.


  • ¿Por qué?.

  • Como se acerca tu cumpleaños, ya no tendré que comprarte juguetes.

  • ¿Por qué?.

  • Porque tienes a tu dientito como un juguete.


Una vez Diana se dio un golpe con la mano en la mandíbula y el dientito cayó fuera. La niña se asustó y se puso a llorar. Llegó la mamá y le preguntó qué pasó, y Diana le contesta:


  • El dientito se cayó.


Ríe la mamá.


  • ¿Por qué lloras, tontita?. Lo mira y dice: Este es un diente de leche.


Pero Diana no entiende, ella también mira al dientito y no ve que sea de leche ni de manteca.


  • ¿Qué se hace con el dientito? –pregunta.

  • Al dientito lo envolvemos en un papel de seda, lo echamos en la casa de los ratones y decimos:


- Ratita, ratita, toma mi diente de leche y dame un diente para siempre.


  • La ratita se llevará tu diente de leche y te traerá otro.


Diana así lo hizo; arrojó el diente al tacho y dijo lo que la mamá le enseño. Desde entonces, cuando se despertaba, se tocaba la encía y preguntaba:


  • ¿Cuándo la ratita me traerá mi nuevo diente?.

  • Pronto hijita.

  • La ratita no trae.

  • Ya lo traerá hijita.


Y la mamá le contó que las ratitas tienen una fábrica de dientes, para Saritas y Dianitas, para Simón y Salomón y que tienen que tardar un poco para terminarlos y hacer el nuevo, porque tienen mucho trabajo.


  • ¿Qué te crees –dice- que tu eres para ellas la única?.


Diana espera a su dientito, que empezó a crecer como un arbolito, una flor, y creció grande y lindo; desde entonces, cuando hablan de ratones dice que también se necesitan.


  • ¿Quién va a dar a los chicos dientes tan lindos?.


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El bosque del sueño.



Había una vez un bosque donde los árboles más grandes se reían y burlaban de los más pequeños. Los árboles grandes se mantenían cada vez que un viento los sacudía, pero a los más pequeños los inclinaba a todos lados. Entonces los grandes les decían a los otros:


  • Ténganse fuerte–en pocos minutos van a volar.


Los árboles pequeños también se reían y burlaban de los grandes y todas las veces, cuando soplaba el viento, les preguntaban:


  • ¿Qué tal primores, quieren de verdad llegar al cielo?.


Así se peleaban y discutían, hasta que una mañana resolvieron estar enojados y no hablar unos con otros ni una palabra.


Desde ese día en el bosque reinaba el silencio y la tristeza, y los alegres pájaros que no podían soportar el aplastante silencio, se fueron del bosque. Con su desaparición, el bosque se volvió todavía más callado y triste.


Cuando alguien perdido se hallaba en ese bosque, lo asaltaba el miedo y el susto y decía que nunca había estado en un bosque tan silencioso y triste.


Días y semanas el bosque estuvo silencioso, sin movimiento, ningún pájaro trinaba, ninguna hoja se sacudía, todo estaba inmóvil y cada vez, cuando una fiera o un pájaro se perdía en este bosque, lo asaltaba una inquietud, un pavor, y huía enseguida espantado.


El bosque se volvió pronto famoso en toda la región y comenzaron a llamarlo:


  • El bosque del miedo.

  • El bosque dormido.

  • El bosque de la tristeza.


Había, no lejos del bosque, un pueblito y contaban allí extrañas historias sobre este bosque, y decían que al que entraba en él, le asalta un profundo sueño y que allí en el bosque se encuentran muchos hombres, pájaros y fieras que duermen días y semanas y aún años y que no pueden despertar.


Años y años los árboles estuvieron allí parados enojados y rencorosos sin hablar unos con otros ni una sola palabra.


El viento venía de tanto en tanto para darles una sacudida.


  • ¡despierten árboles! ¡Basta de enojos!.


Los árboles levantaban la cabeza, echaban una mirada unos a otro y contestaban:.


  • Déjennos tranquilos.


La tormenta que se perdía en esos lugares, sacudía al bosque y hacía allí un gran alboroto.


  • ¡Una vergüenza- decía- hermanas y hermanos que no se hablan…!


Los árboles avergonzados movían sus cabezas y contestaban:


  • Es que estamos enojados.


El viento suspiraba, la tormenta se reía, los pájaros en el campo hacían cantitos y la hierba de los alrededores susurraba con las flores; se burlaban y se reían, hablaban y bromeaban.


  • ¡Qué bosque este! ¡Qué bosque!.


Pero los árboles en el bosque, al cabo de tanto tiempo, se cansaron de estar parados, siempre enojados y escuchando tantas bromas.


Entonces se sintieron tontos, se fueron del bosque y comenzaron a vagar por el mundo. Cada uno se fue donde sus ojos lo llevaron.


Cada uno se fue a otro lado, por otros pueblos, por calles, jardines, plazas, campos y comenzaron una nueva vida, con nuevos sueños. Pero pronto comenzaron a extrañarse y a extrañarse porque se habían separado.


Un árbol, que estaba solo en un campo, vio de lejos a otro que había sido su amigo y conocido, que estaba también parado así como él. Entonces comenzaron a inclinarse uno hacia el otro; se miraron y hablaron.


  • ¿Te acuerdas?.

  • Si me acuerdo.


Entonces quisieron reunirse, abrazarse, pero la tierra los tenía fuertemente aferrados a sus profundidades y les decía:


  • No, yo necesito vuestra sombra, necesito vuestras hojas, no se podrán ir de aquí.


Y cuando el cielo se pone oscuro y triste y el viento se vuelve salvaje, entonces los árboles añoran sus perdidos hogares y estiran sus ramas unos hacia los otros.


  • ¡Hermano mío!.

  • ¡Hermana!.


El viento en el campo, ulula, sopla fuerte, arranca las hojas de los árboles y se las lleva lejos en el aire. Estos, turbados se miran unos a otros de lejos y quieren besarse, abrazarse, parece que sobre sus cabezas brilla otra vez el cielo y añoran aquellos días, cuando ellos estaban juntos.



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El hombre que vivía pronto. (Cuento folklórico)


Había una vez un rico matrimonio, tenían un hijito muy particular, lo querían mucho y le daban gusto a todos sus caprichos.


El pequeño era muy lindo, tenía una piel blanca con mejillas rosadas, una cabecita llena de rubios rulos y unos ojos azules soñadores.


El niño crecía hermoso como una rosa en un jardín y estaba siempre ocupado con sus juguetes, sus caballitos, gatitos y hombrecitos.


Cuando el niño cumplió 5 años, los padres le trajeron a la casa un maestro, y éste empezó a enseñarle a leer y escribir.


El chico no estudiaba bien, se resistía fuertemente a aprender las lecciones y cada vez que se lo sacaba de sus juguetes, decía:


  • Como querría ser mayor, unos cuantos años.

  • ¿Qué serías entonces?. –le preguntó su mamá.

  • Ya sabría leer y escribir y no tendría que aburrirme con las lecciones…



La mamá sonreía:


  • Ten paciencia hijo mío.


Una vez cuando el niño volvió a repetir esas palabras, se le apareció un viejo señor con una barba blanca como la nieve y le dijo:


  • Escuché tus palabras y vine a ayudarte.


El señor le alargó al chico un carretel arrollado con hilo y le dijo:


  • Este es el hilo de tu vida, con cada tirón de ese hilo serás mayor, más grande unos cuantos años, si te aburren tus padres de ahora, solo tienes que dar un tirón a este hilo y enseguida alcanzarás la edad que quieras, pero recuerda que el fin del hilo es también el fin de tu vida.


El viejo le dio un beso en la frente y desapareció, y el niño quedó un rato largo pensativo; después guardó el carretel con el hilo en el bolsillo y se fué a jugar con sus juguetes.


Al otro día volvieron a sacar al chico de sus juguetes y lo llevaron a estudiar sus lecciones.


El chico estaba enojadísimo y pensó:


  • A lo mejor le doy un tironcito al hilo.


Sacó del bolsillo el carretel con el hilo, le dio un tirón y enseguida creció un par años y ya sabía leer y escribir.


El chico era feliz, se sintió feliz de poder hacer las letras y deberes y no tener que aburrirse con el alfabeto.


Creía que ahora podría ocuparse realmente de sus juguetes y que no vendrían todos los días a arrastrarlo a aprender sus lecciones, pero enseguida vio que era un error, los padres sostenían que saber leer y escribir era poco y quisieron que aprendiera más, lo llevaron a una escuela secundaria y otra vez se vió frente a los libros y cuadernos, aburriéndose.


El niño se volvió a impacientar:


  • Si yo fuera como los que ya van a la universidad, sería mejor, me sentiría un poco más libre, y no tendría que aburrirme con el libro de gramática o de historia…


Sacó el carretel de hilo y le dió un fuerte tirón y de pronto se convirtió en un muchacho de 17 años, alto, grande e inmediatamente entró en la universidad, donde los primeros tiempos se sintió feliz, se libró de los pantalones cortos y ya podría salir solo; tanto la mamá como el papá lo miraban como a una persona grande.


Pero pronto se dio cuenta, que todos sus compañeros de la universidad tenían novia, y que sólo él estaba solo y no tenía con quien divertirse; volvió a dar un tirón al hilo, creció algunos años y enseguida conoció a una joven muchacha y quiso casarse con ella. Pero los padres se opusieron.


Ellos dijeron que primero tenía que terminar los estudios y volverse un hombre de bien.


Otra vez se aburrió con los libros y cuadernos y se peleaba con los exámenes, hasta que al fin no pudo contenerse, volvió a tirar del hilo y volvió a cumplir varios años más.


Terminó la universidad y se casó con la chica que quería tanto. Su mujer dio a luz a un niño que llenó la casa con risas y alegría.


Un niño trae también muchos problemas e inconvenientes, llora noches enteras y no deja dormir, o está enfermo, o fastidia, y ya se le cortan los dientes, o está resfriado, o le duele la pancita.


La mujer estaba cansadísima y le dijo:


  • Cómo me gustaría que el niño tuviera algunos años más.


El muchacho da un tirón al hilo del carretel y su hijo ya va al colegio y ya tiene hermanitos y hermanitas, que lloran de noche y no dejan dormir.


  • Cuando los hijitos son todos grandes no se tienen tantos sufrimientos, pensó.


Otro tirón del hilo y los chicos ya son todos grandes y el corazón de los padres late de alegría.


Pero enseguida una nube cubre sus rostros.


  • Hay que pensar en un casamiento para el mayor.


Otra vez tira de la cuerda y los chicos ya crecieron y viven muy bien, uno es abogado, otro es un doctor y el tercero es un industrial.


Los padres están super felices y piensan:


  • ¡Ah! Si tuviéramos un nietito.


Entonces le dieron un tirón al hilo, y enseguida tuvieron no sólo uno, sino dos, tres, cuatro que llenaron la casa de risas y alegría.


El abuelo recién ahora echó una mirada al espejo y se vio anciano y con el rostro envejecido, con el cabello blanco y se preguntó asustado:


  • ¿Cuándo pasó todo esto?.


El sabía que un minuto antes tenía sus caballitos de juguete y su cara joven.


Echó una mirada al carretel y observó que quedaba ya poco hilo y vió que en un solo tirón más se terminaba el hilo, se terminaba la vida…


Entonces encerró el carretel en un cajón del ropero y se dió a sí mismo la palabra de no darle ningún tirón más, pero el hilo se estiró solito y la vida se terminó.


Saben ustedes cuánto tiempo vivió este hombre?. Ni un año, ni siquiera 30 días…


Lo mismo nos pasaría a nosotros, si todos nuestros deseos se nos cumplieran tan pronto. En cambio, distinto sería si los alcanzáramos naturalmente junto con el tiempo, con los años, con nuestro trabajo.




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El mapa de Checoslovaquia.



Nicolás ya tiene doce años y ya cursó el quinto grado, pero como dice la mamá, es todavía un niño de 5 o 6 años y si fuera por él estaría días enteros jugando y olvidándose de la escuela, olvidando las lecciones de geografía e historia.


Como Nicolás dice, el mundo sería más lindo si no hubiera escuelas y no tuviera uno que pasar los días y los años con los libros y cuadernos.


Pero, la escuela en la escuela y las lecciones en la casa, eso lo tiene como una obligación totalmente absurda.


  • Como es poco –dice- que uno se pasa todo el día en la escuela, tiene uno, además, que aburrirse en la casa con los libros…


Para colmo, le tocó a Nicolás una maestra que da para la casa montones de deberes y su mamá no lo deja vivir, ni bien termina de comer y quiere salir a la calle a ver a sus amigos, a respirar un poco, divertirse una hora o dos…lo detiene en la casa y lo manda a hacer primero los deberes. El le pide:


  • Voy a hacer más tarde los deberes.

  • No.

  • Estoy cansado.

  • Más tarde vas a estar más cansado.


Nicolás se sienta con los libros, los abre y pregunta la mamá:


  • ¿Qué deberes tienes hoy?.

  • Un montón.

  • Dime qué es lo que debes hacer.

  • Tengo que hacer los problemas de matemáticas.

  • ¿Qué más?.

  • Estudiar un capitulo de historia de la Argentina, de su independencia.

  • ¿Y qué mas?.

  • Dibujar un mapa de Checoeslovaquia.

  • ¿Ya está?.

  • No. También tengo que hacer una composición sobre el correo.

  • Ponte a trabajar, en una hora terminarás.

  • Estás equivocada mamá, yo creo que en seis horas todavía no habré terminado.

  • Claro, si vas a estar sentado mirando el cielo, tampoco vas a terminar en diez horas.


La mamá se va y Nicolás se queda pensando un largo rato, qué cosa hacer primero; ahora toma la geografía y luego la historia. Empieza a hacer el mapa de Checoeslovaquia, lo deja y comienza a hacer los problemas de aritmética, los deja y comienza a hacer la composición, pero pronto deja el cuaderno y comienza otra vez con historia, la independencia de Argentina.


Nicolás comienza a caminar por la habitación ida y vuelta con el libro en la mano, y cada vez que escucha los gritos de los chicos afuera se enoja.


  • ¡Ufa! Las lecciones, ¡Ufa! Las lecciones.

  • Una hora después Nicolás termina la lección de historia, la composición y la aritmética y quiere salir a la calle a estar con sus amigos, pero la mamá lo detiene.


  • ¡No!, primero debes hacer el mapa de Checoeslovaquia.


  • Lo haré después.


  • No, yo te conozco, eres un haragán.


Nicolás se sienta protestando y empieza a dibujar, con esto llega a su casa José y lo llama a la calle.


  • ¡Qué pasa?.

  • La banda te está esperando.

  • Tengo que hacer un mapa –le dice.

  • ¿Qué mapa?.

  • El mapa de Checoeslovaquia.


José se ríe.


  • Ya no lo necesitamos.

  • ¿Porqué?.

  • Ya no existe Checoeslovaquia.

  • ¿Qué quiere decir ya no existe?.

  • Los alemanes la ocuparon.


Nicolás escucha esta historia y comienza a bailar y a saltar de alegría.


  • Mamá –dice- ya puedo salir a la calle, ya no tenemos que hacer el mapa de Checoeslovaquia.

  • ¿Qué cosa?.

  • Ya no hay Checoeslovaquia, los Alemanes la ocuparon.

  • ¿Qué dices?.

  • Si, la radio lo trasmitió recién.

La mamá se queda parada triste, pensativa, pero antes de que mire a su alrededor, ya Nicolás y su amigo están en la calle y no tiene con quien hablar.


  • Tuvo suerte –dice la mamá-claro, qué sabe él.


En la calle estaban todos los chicos y se preparaban para hacer un escándalo, pero esperaban a Francisco que tenia que compartir el juego y estaba parado en un costado muy triste, afligido, con la cara apenada.


  • ¿Qué pasa? –preguntaron los chicos.

  • Los nazis ocuparon Checoeslovaquia.

  • Pero a ti qué te importa, va a ser un país menos para hacer mapas.

  • Mi papa es Checoeslovaco.

  • Pero él esta aquí en Argentina.

  • Si pero duele, cuando ustedes están allí en Checoeslovaquia y escuchan que un país extraño ocupa Argentina, ¿no les importaría?.

  • Claro que nos importaría.


Los chicos comprendieron, sus caras se pusieron tristes y guardaron los cohetes.


  • Todo por Hitler.

  • Todo los Alemanes.


El pequeño Hans también estaba en el grupo; protestó y dijo:


  • ¿Qué culpa tienen los Alemanes si tienen un gobernante malo?. Yo también soy Alemán y protesté contra ellos. Que los nazis ocuparon Checoeslovaquia, mamá dice que cuando los Alemanes buenos vuelvan a gobernar van a devolver a los checos su país.

  • ¡Abajo con los Alemanes malos! –gritó Hans.

  • ¡Queremos otro gobierno! –dijo José.

  • Checoeslovaquia era una república libre y volverá a ser una república libre -dijo Francisco.


Nicolás escuchó estas palabras y se avergonzó. Entonces entró en la casa. Su papá se sentó a su lado y con una sonrisa amarga en los labios empezó a hablarle:


  • Mamá me contó que te habías puesto muy contento porque Checoeslovaquia dejó de ser una nación.


Nicolás bajó la cabeza avergonzado y se puso a dibujar el mapa del país ocupado, mientras decía:


  • Mira, perdóname papá, soy verdaderamente un tonto.


El padre miró con alegría a la mamá y acarició su cabeza.






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El invierno que se perdió.


Cuando el invierno llega, no se muestra en las grandes y lindas casas, donde viven hombres ricos, sino que se va derecho a las humildes y oscuras casas, donde viven zapateros, sastres, carpinteros y almaceneros. Allí se para y hace su primera visita; entra entonces y se acomoda como en su propia casa.


Así, cuando el invierno llegaba, se iba derecho con las maletas a lo de Fabiana, la hija de la modista y sin siquiera golpear la puerta, sin preguntar, si se puede pasar o si no se puede pasar, abría enseguida la puerta y entraba derecho a la pequeña pieza de tres por tres metros que es para Fabiana, el comedor, el dormitorio y la sala de recibir.


La pequeña Fabiana, que dormía envuelta en una vieja colcha, sintió de pronto un frío muy grande y empezó a tiritar, entonces vió al invierno, que se puso a reír.


  • Mira, como tiemblas por mí –dijo.


Fabiana escucha la voz desconocida, abre grandes los ojos y ve un raro individuo sentado comodamente en una silla al otro lado de su cama.


  • ¿Quién eres? –pregunta asustada y mira alrededor, buscando a su mamá.

  • ¿Qué no me reconoces, niñita?.

  • No.

  • Yo estuve acá el año pasado y los dos años anteriores

  • Eres a lo mejor el tío Bernardo.

  • No, yo no soy el tío Bernardo y no soy tu tío Simón, sino el tío invierno, fuerte y sano.

  • ¡Llegó el frío! – dice Fabiana y empieza a tiritar.

  • Pero, cómo ¿no me esperabas?

  • No.

  • Nosotros no nos vimos tanto tiempo…

  • Si no nos viéramos otro poco, tampoco importaría.

  • ¿Qué mal soy para tí?.

  • ¿Cómo preguntas qué mal soy para tí? ¿No ves como tiemblo de frío? En lo de Luis hay estufas eléctricas, pero acá no hay nada, nosotros los pobres nos helamos.

  • ¿Tengo yo la culpa?.

  • Claro, ¿porqué te apuraste tanto en venir?. Yo todavía no tengo ropa de abrigo, un tapado, un pulóver…

  • Es verdad, pero de eso yo no tengo la culpa, de esto es culpable el mal orden del mundo, y tu y otros niños como tu deben unirse y luchar por un orden en el que todos tengan ropa de abrigo, abrigados tapados y casas caldeadas.

  • Si –dice Fabiana- eso es justo, pero dime, querido invierno, ¿por qué vienes a nosotros en las pequeñas y pobres casas, donde no hay gas, ni carbón, ni estufas eléctricas? ¿Por qué no vas ahí a lo de los chicos ricos?.

  • Esta pregunta me la has hecho el año pasado.

  • Y te la voy a hacer el año que viene, si esta situación no cambia.

  • ¿Qué?. ¿No conoces la respuesta?. En las casas ricas no me dejan entrar, allí hay un criado en la puerta y cuando yo llego, salta enseguida y me pregunta a quien busco, manda que le de una tarjeta de visita y ni bien ve mi nombre, me dice que esa persona no está en la casa, que la señora duerme y que los dueños no reciben visitas hoy, etc.¿Tu crees que no me gustaría sentarme en ricos divanes y estar acostado en sofás de terciopelo y seda?.

  • Cierto, ¿estarías más cómodo allá?.

  • Tu dices, cómodo –dice el invierno con una sonrisita- cómodo ya estoy aquí contigo, entre gente común. En cambio allá donde están los ricos, muchos de ellos son también un pedazo de invierno y echan frío y humedad.

  • Sí –dice Fabiana- a ti te es agradable aquí, en nuestro dormitorio, pero para nosotros tu presencia no es tan agradable, nosotros temblamos de frío y mi mamá tiene que trabajar pesadamente para poder comprarme ropa abrigada.


El invierno se metió en un rincón y Fabiana se vistió sola, hizo té, comió algo, tomó los libros, los cuadernos y ya se iba.


  • ¿Adónde vas? –pregunta el invierno.

  • A la escuela.

  • Espera, te acompañaré.

  • De ninguna manera –dice Fabiana.

  • No quiero quedarme aquí solo, hay humedad.

  • Si lo deseas de verdad, ven…


Fabiana sale a la calle junto con el invierno y da diente con diente.


  • ¡Que frío!.


La nena comienza a caminar ligero y más ligero para calentarse un poco, y el invierno le ruega.


  • No corras así, no tengo fuerzas para correr contigo, yo no soy una nena chiquita.


Pero Fabiana empieza a correr más rápido y el invierno se arrastra tras ella y jadea fuerte.


  • Espera –le pide- no corras tanto.


La nena corre todavía más rápido y deja atrás al invierno y cuando llega a la escuela, dobla la cabeza a todos lados, busca al invierno y no lo puede encontrar.


  • No está la visita –dice con alegría- se perdió.


Fabiana siente, que se calentó todo el cuerpo y que se siente bien y contenta.


  • No está el invierno –dice- Se perdió, pobrecito.




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El príncipe tiene un hijo.



El príncipe tiene un gran jardín con muchos árboles y flores y allí hay toda clase de juguetes para su hijo. Hay hamacas, toboganes, calesitas, pequeños caballitos y toda clase de juegos para distraerse, pero el hijo del príncipe ya está aburrido de todos esos juegos y quiere que solamente le relaten cuentitos.


Lo oye el príncipe y dice:


  • Cuentitos, muy bien, pago 10 pesos el cuento.


Escucha la gente que el príncipe paga por ello y van al palacio.


  • Yo tengo 10 grandes cuentos.

  • Yo tengo 8.

  • Yo tengo 5.

  • ¡Cuentos!.


El hijo del príncipe está sentado en el jardín, en una hamaca y los pobres se ponen a su lado y le cuentan; uno se va y llega otro y todos le cuentan al hijo del príncipe otro cuento.


Los cuentos son uno por uno lindos, uno cuenta de un lobo que se comió a una estrella, el otro de una escoba que no quiere barrer, uno tiene un cuento de una princesa que perdió un anillo y un segundo de un príncipe que no tenía lengua.


El hijo del príncipe escucha todos estos cuentos y no se cansa nada y después de cada historia grita:


  • ¡Más, más!.


Oye el príncipe que el niño no esta todavía satisfecho de las historias y manda decir que paga 20 pesos por cada cuento nuevo. Llega nueva gente y ellos cuentan y reciben la paga y se van a sus casas con sus esposas e hijos con alegría.


  • He ganado hoy por una semana

  • Hoy he ganado para un vestido para mi hija.


Pasan los días, se van las semanas, los meses y estos cuentos los van contando humildes hombres, que tienen algún cuento para relatar. Pero cuando alguien le contaba al principito algún cuento que ya había oído se ponía triste.


  • Papá, yo quiero más cuentos.


Manda a decir el príncipe que pagará 30 pesos y hasta 40 pesos con tal de que su hijito no este triste.


Se le acerca alguien y le dice:


  • Yo me tomaré el trabajo de buscarlos.


Este hombre es solamente un sastre, y él también tiene hijos a quienes les gusta escuchar lindas historias, pero como él no tiene trabajo y su mujer e hijos pasan hambre, se acerca para poder ganar un poco de dinero para el pan de los suyos, y está sentado día y noche y va pensando nuevos y nuevos cuentos para el hijo del príncipe. Y todas las tarde recibe su paga y va corriendo a su casa a ver a su esposa e hijos con alegría.


  • Hoy he ganado 30 pesos y mañana ya no me faltará el pan.


Este hombre, tiene un hijito que espera a su papá en la esquina de la casa y cuando llega se le acerca corriendo con gran alegría gritando:


  • ¡Papá! ¡papá!.


El chico ya sabe lo que hace el papá, le gusta mucho que su padre sepa tantos cuentos y le pide todas las tardes que le cuente uno a él.


  • Padre, cuéntame a mi también un cuento.


El padre está cansado y somnoliento y le duele la cabeza de tanto pensar y dice:


  • No, hijito, hoy no.

  • Aunque sea uno solo.

  • No puedo.

  • ¡Un pedacito de cuento!.

  • Estoy cansado.


El chico se va a dormir y el padre se queda todavía sentado un rato y ya empieza a darle vueltas en la cabeza:


  • ¿Qué cuento mañana al hijo del príncipe?.


Se queda dormido al lado de la mesa y en su cabeza empiezan a aparecer raros cuentos con elefantes, príncipes, cerrajeros y pájaros, todos se mezclan juntos y bailan y saltan alrededor de una gran rebanada de pan. Descubre que allí está su hijito y ve que está parado al lado de una esquina y maneja una rueda que saca cuentos sin parar, continuamente, y él los empaqueta y lleva los paquetes de cuentos al príncipe y dice:


  • Mire, estos son cuentos fabricados, recién salidos de la máquina.


El príncipe palpa los paquetes y pregunta:


  • Son frescos.

  • ¡Qué dice usted!. Todavía están tibios, recién salidos de la máquina.

  • ¿El niño no se aburrirá con ellos esta mañana?.

  • Qué ocurrencia.


El hombre despierta, se frota los ojos, recuerda lo que soñó y se alegra.


  • Este es un buen sueño, muy bien, otro cuentito es un pedazo de pan.


A la mañana va el hombre a ver al príncipe y no lo dejan entrar.


  • El niño no está, se ha ido.


Se quedó el hombre pensando y triste.


  • Vuelvo a ser un desocupado –dice.


Y en su cabeza empieza a ocurrírsele un cuento de un hombre que perdió su trabajo y se quedó sin pan.


Afuera esta lluvioso y frío y el hombre se pone en marcha con largos pasos por la calle y el cuentito se alarga y alarga cada vez más y más y enseguida recuerda a su propio hijito, que quería algún cuentito y entonces se apura contento para ir a su casa.




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El viejo cantor de la sinagoga.


El viejo cantor de la sinagoga, Rab Moisés, a la vejez se volvió ronco y las amas de casa se quejaban mucho, pero tenían vergüenza de decirle que dejara el puesto.


  • Es un hombre –decían- un hombre que ha estado entre nosotros 30 años, entonces cómo se toma a un hombre y se le dice de pronto que no sirve más para su puesto.


Y así pasó un año, dos y tres y los mayores no tenían corazón para emplear un nuevo cantor. Todavía creían que el mismo cantor se daría cuenta que ya no tenía voz y pediría que lo liberaran y pusieran a otro.


Pero un cantor, ya lo sabéis, es un tonto, y un viejo cantor es doblemente tonto. Fue así que Rab Moisés ni se daba cuenta que ya no tenia voz y que tenia que volver a casa con su ronca voz que crujía como un serrucho. Todavía creía que las señoras amas de casa gozaban mucho con su voz como antes, durante los 10 o 20 años anteriores.


De pronto aparece una historia.


La esposa del cantor empezó a quejarse del sueldo y dice que no puede vivir con eso una semana. Quiere que su marido pida a la ciudad que se le aumente el salario.


  • El pan aumentó –dice- la carne aumentó también ¿Porqué no le aumentan el sueldo al cantor?.


El marido le hizo caso, se fue a los patrones, les pidió que se le aumentara la cuota semanal y les contó todas las quejas de su mujer.


  • El pan aumentó, la carne aumentó, y porqué el sueldo del cantor no aumentaba.


Cuando los patrones escucharon esas palabras, se miraron y se contuvieron de largar una carcajada.


Escuche usted, don Moisés –le dijeron- nosotros le aumentaríamos un poco por semana, aún 2 o 3 veces, pero eso sería justo si usted tuviera una voz…


El cantor los miró sorprendido.


  • ¿Qué quiere decir si yo tuviera una voz?.


Los patrones callaron un rato. Les era muy duro decirle al cantor toda la verdad. Pero al fin uno de ellos tomó coraje y le dijo toda la verdad.


  • Díganos Rab Moisés, ¿usted no siente nada, que ya hace mucho tiempo que no tiene voz?.


El cantor abrió grandemente sus ojos y los miró.


  • ¿Qué dicen ustedes?.

  • Esto que escucha, usted ya perdió la voz y nosotros tenemos que buscar un nuevo cantor para la sinagoga.


Cundo el cantor volvió a su casa y contó a su mujer la historia, ella se retorció las manos.


  • ¡Pobre de mí! ¿Cómo se puede perder una voz?.

  • Estúpida mujer –dijo el cantor- ¿Cómo se pierde una cartera, un reloj, un libro?.

  • ¿Pero dónde la perdiste, no lo sabes?.

  • No.


La mujer se enojó, y comenzó a buscar la voz en todos los rincones pero no la encontró.


  • Sabes lo que te voy a decir –dijo la mujer pensativa- tengo miedo que hayas perdido tu vos en la escuela de Pincher. ¿Te acuerdas que el año pasado estuviste cantando un sábado en esa escuela?

  • Si me acuerdo.

  • Oí en ese entonces a uno que dijo que el cantor perdió su voz.

  • ¿Y?.

  • Por eso se me ocurre que vayas a esa escuela de Pincher, y preguntes al director Simón, si él alguna vez encontró allí tu voz.


El cantor que se llamaba Moisés y era famoso porque habia sido un buen cantor, negaba con la cabeza.


  • ¿Sabes lo que estás diciendo?. Si yo he perdido la voz en lo de Pincher, ¿cómo pude trabajar todo el año sin ella?.

  • En verdad cantabas sin voz.


El cantor se reía.


  • ¿Cómo se puede cantar sin voz?.

  • No preguntes pavadas –dijo la mujer- a lo mejor se puede cantar sin voz.


El cantor no le creyó, fue a preguntarle a Rab Isaac y este le mandó hacerle caso a su mujer.


  • ¿Qué te importa? –le dijo- hazte un viajecito a Pincher, a lo mejor alguien encontró tu voz.


De Beld a Pincher hay por lo menos 30 cuadras y el cantor, que muchas veces fué a pie, también ahora quería ahorrar el dinero del viaje y se puso en camino enseguida.


Cuando hubo caminado las primeras 6 cuadras, ya empezó a pensar que había hecho mal al salir caminando a pie.


  • Ya estoy en realidad bastante viejo –pensaba- y las piernas ya no son las de antes.


El ómnibus que iba de Beld a Pincher, lo alcanzó en la séptima cuadra y se detuvo, el cantor preguntó al chofer cuánto le constaría el pasaje a Pincher.


  • Veinte centavos –le contestó el chofer.

  • Pero, ya he caminado 7 cuadras.

  • Como quieras.


El cantor quería pagar 10 centavos y medio, pero no 20, después de caminar 7 cuadras a pie; no se pudo resolver a hacer ese gasto y volvió a caminar.


A la décima cuadra el cantor ya no tenía fuerzas para arrastrar los pies, tuvo que sentarse a descansar bajo un árbol y se reprochaba mientras tanto el no haber tomado el ómnibus.


  • Claro 20 centavos son 20 centavos, pero si no se puede, no es bueno.


Cuando el cantor se arrastró 2 cuadras más, pasó otro ómnibus, al que paró y pidió que lo llevara a Pincher.


  • Pero debe cobrarme un poco menos ya que yo ya caminé 12 cuadras.


El conductor meneó la cabeza.


  • Son 20 centavos ni uno menos.

  • Pero espere, si solo faltan 18 cuadras.

  • Como usted quiera.



Caminar 12 cuadras y pagar además 20 centavos, no le dejaba el corazón y volvió a caminar.


Cuando el cantor hubo caminado 15 cuadras, se quedó totalmente sin fuerzas. Sus pies se hincharon como empanadas y no pudo dar un paso más.


El hombre se sentó en un costado sobre el pasto y se dejó estar.


  • No, como a Pincher no podré llegar a pie, tendré que volverme a casa.


Descansó un poquito, después dio la vuelta y se dirigió a su casa.


Así se cuenta que el hombre no fue a Pincher ni en ómnibus ni a pie. Cuando los vecinos se enteraron de la historia, lo volvieron a tomar como cantor, un cantor tan fiel no conseguiríamos aún recorriendo el mundo entero.


El dicho de que un cantor de sinagoga es un tonto, proviene del relato de lo que pasó al cantor de Beld y la gente de Pincher lo fue contando a todo el mundo y por todo el mundo.





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Juancito el filósofo.


Juancito, el enojadito, tiene también quejas del mundo y grita, que el mundo así como está no sirve y hay que hacerlo de nuevo.


  • Miren –dice Juan- no me gusta que el sol ande de día y la luna de noche.


El dice que tendría que ser totalmente al revés: el sol debería iluminar de noche y la luna de día.

  • ¿Cuál es el motivo? –le preguntan.

  • A la mañana –dice- ya hay luz, entonces basta la luna, pero a la noche cuando esta oscuro, el sol nos sería mas útil.


Y Juancito el enojadito se queda pensando:


  • ¿Porqué en verano hace calor y en invierno frío?.

  • ¿No seria mejor que fuera al revés: en verano frío y en invierno calor?.


Entonces le preguntan:


  • ¿Cuál es la diferencia?.

  • La diferencia es muy grande, en verano no sudaríamos tanto y en invierno no temblaríamos de frío.


Ahora sobre la lluvia, tiene Juancito grandes reproches y dice que hay que poder hacer que llueva cuando uno quiera:


  • Yo –dice- haría un mundo donde habría unos depósitos que cuando se necesitara regar existan unas canillas, se de una vuelta y empiece a relampaguear y tronar.


De esta ocurrencia se ríen mucho y le dicen que cuando haya un mundo así llovería todos los días.


  • ¿Por qué?.

  • Porque cuando Juancito tuviera que ir a la escuela, seguramente abriría la canilla…


Para la escuela, dice Juancito, tengo también un plan. Él sostiene que las escuelas así como están hechas, tampoco sirven.


  • ¿Por qué –dice- las clases duran nueves meses y las vacaciones tres?. ¿No sería mejor y más inteligente que fuera totalmente al revés, que las vacaciones duren nueve meses y las clases tres?.


Y también dice Juan:


  • ¿Por qué tengo que ir a la escuela y hacer también los deberes? ¿No sería mejor y más lindo que los niños vayan a la escuela y los padres o las madres hagan los deberes?.


Por eso Juancito sostiene que el mundo no sirve y se necesita un nuevo orden.


Una vez, Juancito jugaba al fútbol y la pelota saltó sobre el techo, la quiso sacar pero se cayó y se lastimó mucho. Está parado así, este Juancito, con la nariz sangrando y grita:


  • ¡No, este mundo no sirve!.


Y Juan dice que si me dejaran a mí, haría así, que aunque se caiga uno desde la punta del obelisco no se lastimaría.


  • ¿Cómo así?.

  • Yo –dice- pensaría en algún medio para que no se lastime nadie.


Juan tiene dos amigos, se pelea y se pega con ellos. Y cuando él le da una paliza al otro, está bien, no tiene quejas del mundo, pero si el otro lo golpea a él, es el mundo responsable y menea la cabeza y grita:


  • ¡No, no sirve un mundo así!.

  • ¿Qué mundo?.

  • Un mundo de fuertes y débiles.


Y Juan dice, que si lo dejaran, haría un mundo sin fuertes ni débiles, sin grandes y chicos, sin gordos y flacos.


Juan tiene una hermanita pequeña que se le acerca y toma algunas cosas para jugar, y cuando él se enoja le da alguna vez un golpe, pero consigue un verdadero coscorrón de su papá o su mamá.



  • ¿Qué pasa?.

  • Es más pequeña que tú.


Menea Juan otra vez la cabeza, un mundo así sólo sirve para problemas.


  • Yo –dice- haría un mundo donde no hubiera hermanitas pequeñas ni más grandes, ni hermanos mayores ni menores, para mí –dice- todos los hermanos y hermanas nacerían juntos.


Y Juan a quien también llaman Juancito el filósofo, creador de un nuevo mundo, un mundo mejor, un mundo lindo, un mundo sin calor ni frío, sin leche ni sopa, sin maestro ni escuela, sin doctores ni remedios. En mi mundo, dice Juan, comeremos siempre caramelos y chocolates e iremos al cine gratis, y si algún chico se cayera del techo no se lastimaría y si jugara con fósforos no se quemaría y cuando algunos se pelearan con él y quisieran darle una trompada, esta no llegaría a su cara.


Así, será, dice Juan, un mundo nuevo, lindo, mejor y más inteligente.




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La otra historia.






El maestro cuenta en clase la historia de David y Goliat y todos los chicos escuchan con mucho interés el relato y se alegran mucho con la derrota de Goliat. De pronto al echar una mirada ven a Juancito que está sentado con la cabeza gacha llorando, todos se quedan sorprendidos.


  • ¿Qué pasa Juancito? ¿por qué lloras?.


Hay en la clase algunos amigos de juancito y uno de ellos dice:


  • Tiene lástima de Goliat.

  • No –dice otro- le da pena no estar allá.


Dice un tercero:


  • Vaya, vaya, ninguno de ustedes sabe lo que pasa: es que se acordó que Boca perdió ayer el partido…


El maestro no puede entender todas las razones que dicen los chicos y les pide que se callen.


El comprende que si Juancito se puso a llorar de repente, tiene que haber un motivo serio y se le acerca, le acaricia amablemente la cabeza y le pregunta:


  • ¿Qué pasa Juan, te sientes mal?.

  • No.

  • ¿Te duele algo?.

  • No.

  • ¿Qué te pasa entonces?.

  • Nada.


El maestro vuelve a su lugar y se sienta al escritorio.


Explica cómo hombres pequeños como David y grandes como Goliat, no son hombres comunes, y muchos hombres y pueblos, deberían aprender algo de ello.


Porque la historia demuestra que pequeños y débiles pueden realizar cosas grandes y fuertes.


Al día siguiente estudian literatura y el maestro les lee un capitulo de la historia de Moisés..


Y todos ríen, todos gozan, todos están contentos, pero Juancito esta sentado triste con la cabeza gacha.


  • Juan ¿qué te pasa? –le preguntan.

  • Nada.

  • ¿Por qué estás sentado con la cabeza gacha?.


Juan sigue callado, Juan no contesta.


Piensa el maestro que algo no bueno le pasa a Juan y se le acerca para que le diga qué es lo que sucede.


  • ¿No te gusta el cuento de Moisés?.

  • Si me gusta.

  • ¿Por qué entonces estás tan triste?.


Juan empieza a tartamudear.


  • Yo… yo… me pongo triste cuando oigo el nombre Moisés.

  • ¿Por qué?.

  • Porque tengo un primo Moisés…


El maestro alza los hombros y dice que no lo entiende.


  • ¿Qué pasa si tenes un primo que se llama Moisés?.

  • Mi primo está en Polonia.


Todos se quedaron callados, ahora comprendían porqué el nombre David y el nombre Moisés hicieron llenarse los ojos de lagrimas a Juancito.


El maestro aproxima una silla, pasado un momento y dice:


  • Mi querido Juan, comprendo la tristeza, comprendo tu dolor, pero qué puedes hacer con tus lágrimas, cada uno de nosotros tiene un Moisés o un David en Polonia. O en Lituania, en Rumania y estamos profundamente preocupados por sus vidas. Pero sabemos que hay Moiseses y Davides en los países americanos, rusos, ingleses y polacos y están en los ejércitos, que pelean la guerra y derraman su sangre por nosotros.

  • Un Moisés falta. Un segundo se levanta. Un David falta.

  • Otro David también llega.


El maestro empezó a contarles de los héroes de los judíos y de los ejércitos aliados y las caritas de los chicos comenzaron a resplandecer y también en los ojos llenos de lágrimas de Juancito se prendió la alegría.



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Anillito, anillito, rodeame un poquito y seremos amigos otra vez.


Una pequeña niñita corre todo el día por la calle y no quiere entrar a la casa a comer. Sale la mama, la toma del brazo y la arrastra a la casa entre gritos y llantos.

Se ofende la niña y se encapricha, deja caer su cabecita y dice:

- No voy a comer.

La mama sienta a la nena en la mesa, la pone delante de la comida y dice:

- Florcita no seas mala.

- ¿Y si quiero ser una mala? -dice la nena a propósito.

- Come todo y saldrás otra vez a la calle.

- Así no quiero comer -dice Florcita.

Ve la mama que la niña no quiere obedecer y dice:

- Flor, una de dos o comes o duermes.

- ¿Y si no quiero comer ni dormir?.

La mama pierde la calma, toma a Flor de un brazo y la lleva junto a la camita, con gritos y llantos de Flor, la desnuda y la acuesta.

Flor llora y grita, pero la madre la ignora, apaga la luz, dice buenas noches y sale de la habitación.

La niña llora, y grita. Cuando el padre llegó y oyó lo que había pasado dijo:

- Muy bien, si ella es mala, seamos nosotros malos también.

A la noche Flor duerme, y le parece que ella va por la calle y golpea todas las puertas y pregunta a cada uno:

- ¿A lo mejor quiere usted ser mi mama?.

- No -le contestan.

- ¿A lo mejor quiere usted ser mi papi?.

- No.

- Déjenme entrar a la casa.

- No hay lugar.

- Déjenme dormir en su casa.

- No tenemos camita.

Afuera ya se vuelve noche oscura. Toda la gente vuelve a sus casas a dormir, solo ella Flor, no tiene a dónde ir y se arrastra por las calles cansada y hambrienta.

Finalmente se acerca a una casa y golpea:

- ¡Pequeña! -pregunta la mujer- ¿qué quieres?.

- Sea mi mama -ruega.

- No -le contesta la mujer- ya tengo una nena.

Va y golpea otra puerta y sale un hombre.

- ¿Qué quieres chiquita?.

- Sea usted mi papá.

- Yo no puedo, yo ya tengo dos niñitos.

La niña va otra vez y golpea una tercera puerta, sale un hombre y una mujer.

- ¿Qué quieres?.

- Busco un papa y una mama.

- ¿Dónde estan tu papá y tu mama?.

- Estoy con ellos enojada, ellos son malos -dice.

Se ríen ambos.

- Malas mamas no hay -dice la señora.

- Malos papas no hay -dice el hombre.

- Solo hay chicos malos y sonsos.

Flor se sienta en un umbral y se pone a llorar.

Se acerca a ella una mujer anciana con una gran bolsa y le pregunta porqué llora.

- Busco otra mama y otro papa -dice Flor.

- Si es así, ven conmigo -dice la mujer.

La anciana se la lleva lejos, lejos, y la trae a una casa grande.

- Aquí -dice-estarás.

- ¿Qué voy a comer?.

- Nada.

- ¿Y una muñeca para jugar me comprará usted?.

- No.

- ¿Y un lindo vestido para pasear me coserá usted?.

- En mi casa no se pasea.

La niña quiere escapar, pero la anciana no la deja.

La obliga a abrir una puerta y le dice:

- ¿Ves? Aquí vas a estar

Flor echa una mirada, ve la casa llena de chicas y chicos que sentados en el suelo lloran.

- ¿Quiénes son estos chicos? -pregunta.

- Estos son los niños y niñas de la ciudad que están enojados.

- ¿Qué hacen acá?.

- Buscan nuevos papás y mamás.

Flor empieza a gritar:

- ¡Déjeme volver a mi casa!... no quiero otro papa ni otra mama.

Cuando Flor se despertó y vio que estaba en su casa, se alegró muchísimo y empezó a gritar:

- ¡Mamá! ¡Papá!.

Flor quería contar lo que ella había soñado, pero le dio vergüenza y solo abrazo a su papa y a su mama y los beso.

- Linda mamá, lindo papá.

Y ya no se encaprichó más.


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Dos niños y una tía.



Dos chicos, Aroncito e Isaquito, se encuentran juntos en la casa de la tía Marta. Ven allí brillar algo, una lata, corren los dos para agarrarla y cada uno grita:


  • Mi lata.

  • Mía.


Los chicos empiezan a tironearse y a pegarse por la lata hasta que la tía llega y se acerca a los chicos; entonces dice:


  • La lata no es tuya y tampoco tuya, es mía.

  • Dámela a mi, tía -pide Aroncito.

  • No, a mi–pide Isaquito.


Si la tía hubiera tenido dos talqueras, le daría una a Aroncito y otra Isaac, para que no se peleen.


Pero como ella no tiene más que una, toma la lata y la esconde.


  • Esta lata –dice- la necesito yo y no se la daré a nadie.


Los chicos se miran enojados, cada uno de ellos piensa que por culpa del otro él no tiene la lata: Aroncito siente que si Isaac no estuviera, la tía le daría a él la lata. Isaac siente que si Aroncito no estuviera, la tía le daría a él la lata. Y por eso andan mirando torcido uno al otro.


  • ¡Malvado! –grita Isaac.

  • ¡Mentiroso! –grita Arón.


Un rato más tarde encuentra Arón en algún rincón, una lámina con figuritas y la toma para sí. Esto no lo puede soportar Isaac, se acerca corriendo y comienza a tironear del otro lado.


  • ¡Mi lámina! –grita Arón.

  • ¡No mía! – grita el otro, mientras tironea con fuerza.


Lo ve la tía, les saca la lámina y dice:


  • Ni tuya, ni tuya, es mía.

  • Dámela a mi tiita.

  • No, a mi.

  • Arón es malo.

  • Isaac es un peleador.


La tía se ríe.


  • Los dos son malos, los dos son peleadores.

  • Yo no soy malo –dice Arón.

  • Yo no soy peleador –dice Isaac.


Los chicos miman a la tía y la acarician pidiéndole.


  • Eres mi tía solamente, no la de él.

  • No la tía es mía.


Pero la tía dice:


  • Yo quiero ser tu tía y también la tía de él, quiero ser la tía de los dos.

  • No –dice Isaac.

  • Yo quiero que seas solo mi tía, y de él nada –dice Aron.


Así se pelean dos chicos que solo tienen una tía, Marta.




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Las bromas del tío Simón.


Mi tío Simón me quiere, mi tío Simón me trae todas las veces que viene caramelos y golosinas, jugamos y bromeamos. Me cuenta cuentos, me enseña también canciones.


Yo también quiero a mi tío Simón; cuando él viene, me alegro y quiero bailar, correr, saltar y gritar, así no más, gritar y gozar de alegría.


Ayer, estuvo en casa el tío Simón, me tomó sobre sus hombros y corrió a venderme gritando:


  • ¿Quién compra un saco de miel?.

  • ¿Cuánto vale? -pregunta mi mamá.

  • Tres pesos -contesta mi tío.

  • Es muy caro.

  • Un pedazo de torta.

  • ¿Dónde está?.

  • Debajo de una bofetada.


Mamá quiere darme una bofetada, pero el tío Simón no la deja, sale corriendo conmigo en la espalda y dice:


  • No con Simón, yo no dejo que a mi chiquito lo abofeteen.


Después tío Simón me puso sobre sus rodillas y empezó a contar mis deditos.


  • Ni uno, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco -y enseguida preguntó:

  • Vamos pequeño, ¿tu sabes cuantos dedos tienes?.

  • Claro -le digo- yo sé, tengo cinco dedos en cada mano.

  • Bien, y ¿por qué tienes cinco dedos en una mano?, ¿Lo sabes también?.


Pienso y digo:


  • Todos los hombres tienen cinco dedos en cada mano.


El tío Simón se ríe.


  • ¿Quién te lo dijo, tontito?.

  • Tu tienes cinco dedos en la mano porque tienes cinco años, y cuando tengas 6 años tendrás 6 dedos en cada mano y cuando tengas 10 años, 10 dedos en cada mano.


Yo me río, yo sé que el tío bromea, y comienzo a contar sus dedos de la mano y digo:


  • Tú tío, tienes también 5 dedos en la mano, y papá también y mamá también.

  • Esto es -dice- porque papá, mamá y yo, sólo tenemos cinco años.


Me reí tanto que mamá se acercó asustada.


  • ¿Qué pasa porqué se ríen así?.


Le conté lo que el tío dijo, y ella también se rió, pero el tío Simón no se rió, puso una cara muy seria y dijo:


  • Que ¿no crees, que tu mamá y yo tenemos 5 años?.

  • Claro, que no lo creo.

  • Si es así, ¿por qué te digo choca los cinco?. Porque tu tienes cinco años y tienes cinco dedos. Cuando tengas seis, tendrás seis y entonces te diré choca los seis.


Mi tío quiso decir algo más, pero llegó a casa Sarita la colorada y entonces dijo:


  • Calla, ¿sabes por qué Sarita tiene el cabello rojo?.

  • ¿Por qué?.

  • Porque se peina con un peine rojo.

  • ¿Y por qué tengo yo pelo negro?.

  • Porque te peinas con un peine negro.

  • ¿Y los ancianos que tienen el pelo blanco? ¿Se peinan con un peine blanco?.

  • Claro -dice tío Simón y enseguida hace una cancioncita.


Pelo negro

Pelo rojo

Niño inteligente

Niño zonzo

Una risita por aquí

Una risita por allá

Ríe mi niñito

Ríe cada vez más.




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A pasear con el sol.



Ayer tuvimos un lindo día, caluroso, con mucho sol. El tío Simón vino y dijo que en un día como este todos los chicos tienen que estar en la calle.


  • ¿Por qué? -le pregunto.

  • Porque cuando el sol vé que los chicos no están en la calle,

  • él también se va a su casa.

  • Tío Simón -le pregunto- ¿El sol tiene casa?.

  • Claro -dice.

  • ¿De dónde lo sabes?.


Tío Simón se sonríe.


  • -Si yo mismo estuve en su casa.

  • -¿Cuándo?.

  • -Ayer.

  • -¿Para qué?.

  • -Pero no te quiero decir.

  • -Dímelo.

  • -Es un secreto.

  • -No se lo voy a contar a nadie.

Bueno, te lo voy a decir: quería ir hoy a pasear contigo, entonces fuí a lo del sol a pedirle que hoy nos visite.

  • -¿Y qué te dijo?.

  • -Qué me va a decir ¿acaso no sabes que vino?.


Y el tío toma mi tapado, me lo pone, me peina y dice:


  • -¡Rápido!. El sol nos está esperando afuera.


Nos apuramos y salimos a la calle, el tío levanta la cabeza

hacia el sol y dice:


  • -Eso es, viniste -vamos.


Gozo de la luz tibia, y en la calle corren muchos chicos

y juegan. Me ven y me preguntan:


  • -¿Adónde vas Jaimito?.

  • -Voy a pasear a la plaza.

  • -¿Solo?.

  • -Con mi tío Simón.

  • -Y con el sol -agrega mi tío.

  • -Sí -digo- el sol también viene a pasear con nosotros.


Los chicos ríen y mi tío dice:


  • Rían, rían, chiquitos ¿con ustedes vendrá una nube? no, vendrá el sol.


Y me muestra cómo el sol viene con nosotros con una sonrisa.


  • ¡Ah!. Ahora se van a poner tristes porque nos llevamos el sol.

  • Tío -pregunto- ¿El sol vive solo?.

  • No -dice- vive junto con la luna.

  • ¿Y tu viste a la luna también?.

  • Sí, estaba durmiendo, sólo se despierta a la noche.


Y me cuenta que el sol y la luna sólo tienen una cama y durante

el día duerme en la cama la luna mientras el sol se pasea por el cielo

y a la noche duerme el sol en la cama y la luna se pasea.


  • ¿Y qué hacen cuando está nublado? ¿Están sentados los dos

  • en la casa?.

  • ¡Qué quieres que hagan!- dice- Se lavan, se asean y sacuden el polvo

  • o juegan al ajedrez o a las damas.


Y el tío mira el sol y suspira.


  • Tú sabes, me puse triste; quería ir a Rosario y me dio lástima el sol.

  • ¿En Rosario no hay sol?.

  • Claro que no -dice tío Simón- sólo hay un pedazo de sol con

  • un poco de luna, los dos están en Buenos Aires.


Y enseguida agrega:


  • Por eso, Buenos Aires es una ciudad tan grande, porque

  • mucha gente quiere vivir en la ciudad donde viven el sol y la luna.


Y el tío dice:


  • Es un secreto, no todos saben del sol y la luna,

  • si se llegaran a enterar, todo el mundo vendría corriendo

  • aquí a Buenos Aires.




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Cuando me cure.


El Dr. Brocter, estuvo hoy en mi casa, y dijo que ya estoy mejor, pero que tengo que estar unos días más guardando cama.


  • ¿Y qué puedo darle de comer? -preguntó mamá.

  • Todavía debe darle comida liviana.

  • ¿Y los remedios?.

  • Los remedios puede dejar de tomarlos.


Cuando el Dr., se fué, entró corriendo mi tío Simón agitado, tomó los frascos de la mesa y los arrojó con un guiño.


Por éste trago

tan amargo

hay que torcerle la oreja

al farmacéutico.

Por estos polvos

que eran salados

hay que darle una bofetada al Doctor.


Y por las ventosas

que no te gustaron

hay que contarle un cuento al tío Simón

.

Después el tío me contó, que el sol está muy inquieto, sale un momento, echa una mirada a la calle y desaparece, sale y se vuelve loco porque yo estoy enfermo y no tiene con quien jugar.


Cuando el tío se fué, empecé a llamar a mamá y le pedí que me diera de comer mucha comida.


  • ¿Qué quieres comer? -me preguntó.

  • Quiero pan, mucho pan.

  • Pan todavía no puedes comer -dijo mamá.


Empecé a llorar y a gritar:


  • Pan, quiero pan!!.


Mamá no sabía qué hacer y llamó al tío Simón, y él dijo:


  • Bueno, si él quiere pan, voy a ir al panadero y le voy a decir que empiece a hacer más pan.

  • Yo quiero ahora.

  • Tontito -me dijo el tío- ¿no sabes que el panadero ya hace una semana que no amasa pan?.

  • ¿Por qué?.

  • El oyó que estabas enfermo, y que no comes pan, entonces dejó de hacerlo.


El tío Simón se sentó a mi lado y dijo que mañana me traería un pan tan grande como la mesa y cuando me coma ese pan, me voy a poner tan fuerte, que con un soplido, se va a producir una tormenta y van a volar por el aire tranvías, trenes y autobuses, voy a dar un soplido y se levantarán plazas y árboles y la gente se va a asustar y a preguntar:


  • ¿Quién hizo esta tormenta?.


Le dirán:


  • Jaimito, él se comió un pan grande como una mesa.


Y estos señores vendrán a tí y te pedirán que no soples más, porque nos arrastrarás al fin del mundo y no sabremos volver a casa.


Cuando el tío Simón comienza a hablar y a contar, me olvido de que tengo hambre y acostado lo escucho.


-Sabes, Jaimito -dice- que cuando te sanes, te compro una plaza con árboles, donde crecerán pájaros, caramelos y fuegos artificiales, y si vas a querer caramelos sólo tendrás que sacudir un árbol y los caramelos volarán derecho a tu boca.

  • ¿Dónde voy a guardar la plaza?.

  • La tendrás en el patio de afuera; sólo una cosa tendrás que tener en cuenta . Cada noche, antes de irte a dormir, tendrás que entrar los arboles a la casa, para que no te los roben.

  • Y un barco -dice- también me va a comprar un barco grande como el "Neptuno" y si alguna vez me levanto temprano y salgo a la calle, el barco va a estar parado frente a la puerta esperándome.

  • Tío -pregunto- ¿un barco puede viajar por tierra?.

  • Conmigo ya podrá.

  • ¿Cómo podré meter en casa a la noche un barco tan grande?.

  • No lo entrarás -dice.

  • Entonces pueden venir ladrones y robarlo.

  • Atarás el barco con una cuerda a un árbol.

  • Pueden desatarlo.

  • Pondremos, entonces, un vigilante a su lado para cuidarlo.

  • Pero, se pueden llevar al vigilante también.

  • Y bueno, tendremos que atar también al vigilante al árbol.


Cuentos así, cuenta mi tío hasta tarde en la noche, hasta que me duermo, y me parece que verdaderamente está parado un gran barco en mi puerta y yo soy el capitán y lo llevo de una esquina a la otra.




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De una mosca un elefante.



El padre de Jaimito habló una vez con la mamá, sobre el

tío Simón, y dijo:


  • Tu sabes, tu hermano puede hacer de una mosca

un elefante.


Jaimito escuchó lo que decían y se puso atento con

la boca y las orejas abiertas.


  • ¿De veras? -preguntó.

  • ¿Qué?.

  • ¿El tío Simón puede hacer de una mosca un elefante?.


El padre largó una carcajada.


  • ¿Qué no sabes nada de esto?.

  • No.

  • Bueno, sábelo ahora.


Ese día, Jaimito esperó impaciente al tío, y cada vez

preguntaba a la mamá:


  • Dime, ¿es verdad que el tío Simón puede hacer

  • de una mosca un elefante?.


La mamá se reía:


  • Niño tonto, qué se yo, cuando venga él le preguntas.


Esa tarde el tío no vino y Jaimito no podía dormirse;

acostado en la cama, pensaba y pensaba, cómo el

tío Simón podía realizar la maravilla de

transformar una mosca en un elefante.


Jaimito se durmió tarde en la noche y soñó que

la casa estaba llena de moscas y mosquitos y que

el tío echaba una mirada dentro de la casa, daba

un soplido a la derecha y a la izquierda y la casa

se llenaba de elefantes: un elefante está parado

en la lámpara, otro en un florero, un tercero encima

de la azucarera y un cuarto en el reloj.


Los elefantes dan vueltas con las trompas, gruñen,

pero el tío Simón no tiene nada de miedo y camina

por la casa; ni bien ve una mosca hace de ella

un elefante con un soplido y pronto la casa

está llena de elefantes y se ven elefantes

en las paredes, elefantes en el techo, en la mesa y en las sillas.


Jaimito quiere sentarse pero no tiene lugar, todas las sillas

y bancos están ocupados por elefantes. Entonces grita:


  • Ya es bastante, ¿para qué te sirven tantos elefantes?.


Pero el tío Simón se ríe y sopla otra vez y Jaimito

vé que la casa se llena de cientos y cientos de elefantes.


Cuando Jaimito se despertó estaba mojado de sudor

y cuando la mamá le preguntó porqué gritaba tanto

mientras dormía, le contó lo que había soñado y

ella se rió fuertemente:


  • Tengo un muchachito tonto, mira qué cuento con elefantes.


Esa tarde, vino el tío, y ni bien pasó la puerta, Jaimito

se le acerca corriendo y le pregunta:


  • Tío, ¿es verdad lo que dijo papá?.

  • ¿Qué dijo?.

  • Que tu puedes hacer de una mosca un elefante.


El tío se rió mucho.


  • Una pregunta muy linda. ¿No lo sabías?.

  • No.

  • No es un secreto ¿de dónde viene para que tú no lo sepas?.

Esto lo sabe hasta un niño de cuna.

  • Así -se asombró Jaimito- ¿Y ya hiciste muchos elefantes?.

  • La jaula de los elefantes del zoológico, ¿los viste?.

  • Sí.

  • Alguna vez fueron moscas como todas las moscas.

  • ¿Y?.

  • Les eche un soplido y se volvieron elefantes.

  • Pero, ¿Cómo tío? -preguntó Jaimito- ¿Puede de

  • una mosca salir un elefante?.

  • ¿Quieres ver?.

  • Sí.

  • Anda y cázame una mosca y lo verás ya mismo.


Jaimito mira por la casa y ve una mosca sobre la pared;

quiere cazarla pero el tío lo toma de la mano.


  • Espera un minuto, ¿ tienes fuerza para sostener el elefante?.

  • No.

  • Un elefante, tú sabes, es grande y no podrá entrar en

la casa, además, tienes que saber que no se va a

quedar quieto y que andará por todos lados y también

que come mucho.


  • Bueno, entonces le daré de comer.


  • ¿Y te crees que a un elefante lo vas a conformar

con un pedazo de pan con manteca o con tres

cucharadas de sopa?. Un elefante puede comerse

una panadería llena de pan de una sola vez.


  • ¿Y qué?.


  • ¿Y donde encontraremos tanta plata para pagar el pan? ¿¡Eh!?.


Jaimito se puso triste.


  • Tienes razón -dijo.


El tío Simón vió que Jaimito estaba triste, entonces

lo tomó de la mano y le dijo:


- Pero no te hagas mala sangre chiquito, cuando junte

un poco de dinero y pueda alquilar una casa grande,

verás, haré en un dos por tres de una mosca un elefante

y te lo mandaré como regalo.





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El cumpleaños del tío Simón.


El tío Simón vino y me contó, que mañana sería su cumpleaños, cumpliría cinco años:


Lo miro y me río.


  • ¿Cuántos años, tío, tienes ahora?.

  • Cuatro años -dice.


Me río.


  • Un hombre grande debe tener más de cuatro años.


El me dice:


  • Si yo tuve seis años pero perdí dos.

  • ¿Cómo podemos perder años?.

  • ¡Cómo podemos perder años!. Los ponemos en un bolsillo roto y se caen.


Y el tío me muestra el bolsillo de donde se cayeron


  • Yo tenia mis años en este bolsillo y se me cayeron.

  • Entonces tío ¿ cuándo es tu cumpleaños? ¿Qué día es mañana? ¿mitad de semana?.


El tío Simón se ríe.


  • Tontito, ¿cómo podemos saber qué va a ser mañana?.

  • Dime, tío.

  • Se sabe que hoy es martes, pero si mañana es mañana no lo sabemos todavía, así como no sabemos si mañana brillará el sol o estará nublado.


Pero enseguida dice:


  • Mira, sabes una cosa, voy a preguntarle por teléfono a un amigo mío, él me lo dirá.

  • ¿De dónde lo sabe tu amigo?.

  • El vive en el piso sexto, se sube al techo y mira lejos, lejos, entonces él ve, si viene el miércoles o el jueves.


Y se va al teléfono y comienza a hablar.


  • Hola ¿Jaime?, ¿qué es mañana, martes, miércoles o jueves?. Gracias.


Y el tío me llama y me dice al oído:


  • Mañana es verdaderamente martes, pero recuerda, no se lo cuentes a nadie.





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La luna se perdió.



Una vez vino tío Simón enojado, triste, amargado, y se sentó callado en un rincón mirando al techo.


  • ¿Qué pasó tío? -le pregunto.

  • Nada.

  • ¿Dónde están las buenas tardes, el buen humor?

  • Lo dejé en el camino.

  • ¿Pero por qué estás tan triste?.


El tío Simón no me contesta.


Me trepo entonces a sus piernas, le tiro de las patillas para que me diga por qué esta tan enojado, pero él me rechaza.


  • Anda, estoy enojado contigo.

  • Pero, ¿por qué?.

  • Me engañaste -dice.

  • ¿Con qué?.

  • Me dijiste que te llamabas Jaimito y al final me entero que otro chico se llama Jaimito.


Me río y le digo:


  • Qué hablas, tío, seguro que me llamo Jaimito. Pregúntale a mi papá y a mi mamá.

  • Pero dos Jaimito no puede haber.


Y enseguida mi tío comienza a sonreír y dice:


  • Calla, a lo mejor el otro chico me engañó y no se llama Jaimito.


El tío Simón estira su dedo mayor y dice:

java, pava, verde o tul, que quieres ¿sangre o pez?


  • Sangre.

  • Seamos amigos los dos.


Y el tío comienza a jugar conmigo y dice:


  • Yo le voy a enseñar a ese chico que a mí no me va a engañar. Cuando lo agarre le voy a dar coscorrones en la cabeza.

  • Tío -le digo- cuéntame algún cuentito.

  • ¿Qué cuentito? -se enoja- un chico así ya tendría que contarme cuentos a mí.


Pero enseguida se golpea la frente y se pone a reír.


  • Mira, mira, me olvidé del todo la razón por la que vine aquí.


Y el tío me toma la mano y me lleva al patio.


  • ¿Ves la luna?.

  • La veo.

  • Sabe que sin mí, no hay luna.

  • ¿Qué crées?:

  • Yo creo que sin mi, verías la luna así como ves tus orejas.

  • ¿Qué le pasó?.

  • Ella se perdió y no sabía como volver a casa.


Y el tío Simón me cuenta esta historia.


  • Yo voy a pasear temprano y lejos, lejos al rosedal, en Palermo, echo una mirada, la luna esta aquí, me quedo parado sorprendido:


  • ¿Qué haces acá? ¿¡Eh!? ¿¡Eh!? -le pregunto.

  • Yo me perdí.


Y me dice que no sabe cómo volver a su casa. Otro en mi lugar la dejaría perdida y le diría: Bien, que la luna no pasée por las calles de noche. Pero me acordé de tí, mi querido sobrino, y pensé, que vas a salir y no encontrarás la luna en la calle, seguramente, correrás buscándola y tú también te perderías, entonces agarré y até a la luna una cuerda y la lleve otra vez a su casa.


Y el tío echa una mirada a la luna y la amenaza con un dedo:


  • Recuerda luna, otra vez que te pierdas, no te llevaré de nuevo a tu casa.


Después le pregunté a papá si es verdad que una luna puede perderse. Entonces se rió y dijo:


  • Estas cosas solo pueden ocurrírsele a tu tío Simón.




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Los boletos cambiados



El tío Simón, vino muy temprano en la mañana y golpeó la puerta.


  • ¿Aquí vive un chico, que tiene un tío Simón? -pregunta a mi mamá.

  • Sí.

  • ¿Se llama Jaimito?

  • Sí, señor.

  • ¿Dónde está?.

  • Jaimito! -llama mi mamá- Aquí un hombre pregunta por vos.

  • ¿Qué quiere? -pregunto y hago que no lo conozco.

  • Tu tío vino para llevarte a la plaza, pero rápido, el día no está parado.

  • Si el día no esta parado, puedo darle un silla y que se siente -le digo.


Tío Simón se conmovió, me abrazó y me dio un beso.


-Estás creciendo como un tío Simón -dijo.


Afuera el tío me presentó muchos chicos y chicas.


  • Ves -dijo- éste chico se llama Bernardo porque come duraznos con carozo. Y esta chica se llama Sarita porque le gusta mucho leer cuentos en libritos. Ves a ese muchachón, se llama Tito porque vive en Caballito.


  • ¿Y cómo se llama este chico? -pregunta una nena rubia pequeña.


  • Este chico -me señala el tío- se llama Jaimito y es muy bueno porque come pan con mantequita.


El tío Simón nos formó en fila de a dos y nos dijo:


  • Marchemos.


Empezamos a caminar y el tío marchó delante con dos grandes banderas.


  • Chicos, miren todos las banderas -dijo.

  • ¿Qué va a pasar?.

  • Me será mas liviano llevarlas....


En el tranvía el tío Simón nos sentó a todos y dijo:


  • Recuerden chicos, no se duerman aquí, porque no tengo conmigo una camita y sábanas.


El guarda se acercó por los boletos y tío Simón, le preguntó:


- Dígame, señor guarda, ¿su tranvía conoce el camino a la estación Belgrano?:


  • Sí -dice el guarda sonriendo.

  • Si es así está bien, deme ocho boletos, pero no me engañe, deme de los mejores boletos que tenga.


En el camino sube un inspector y Tío Simón se sobresalta.


  • ¿Qué pasa? le pregunto.

  • Entremezclé los boletos y no sé, cuál es el de Jaimito y cuál es el de Bernardo, cuál es el mío y cuál es el de Sarita ¿Qué va a pasar?.

Todos rieron, sólo Sarita se asustó y dijo:


  • ¿Y ahora qué va a pasar?.


El tío compró boletos para todos en la estación Belgrano y nos sentamos a esperar el tren.

Quizo contarnos un cuento, pero se oyó una pitada aguda.


  • Tío, el tren viene -y me paro.

  • Siéntate -dice el tío- este tren no me gusta y no lo voy a dejar pararse aquí.


El tren pasó rápidamente la estación y dejó un gran zumbido y mucho humo.


  • Cuando yo quiero que el tren se pare aquí, se para aquí -dice el tío.

  • ¿Cómo haces?.

  • Hago una pavada. Coloco un trozo de soga en la vía, no puede seguir andando y se para.


Cuando ya estábamos sentados en el tren, el tío Simón, se dio una palmada en la cabeza.


  • ¡Me olvidé!.

  • ¿De qué te olvidaste?.

  • No le dije al tren adónde queremos viajar.

  • ¿Hay que decirle al tren?.

  • ¿El tren es acaso un adivino para saber adónde queremos ir?.


Pero enseguida dijo el tío:


  • Bueno, ya me las arreglaré de algún modo.


El tren se paró en Vicente López, el tío se asomó y dijo ¡Yo no voy a Vicente López!.


El tren siguió viaje.

Cuando nos acercamos a Olivos, se asomó otra vez y dijo: ¡En esta estación te quedas parado!.


El tren le hizo caso, se quedó parado, todos bajamos y nos fuimos a la playa.





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Una lluvia por correo.


Una vez, en un día caluroso, vino tío Simón y me pregunta:


  • ¿Y lo recibiste?.

  • ¿Qué recibí? -le pregunto.

  • Aquello que te mandé.

  • ¿Qué me mandaste?.

  • ¿No sabes nada?. Te mandé una lluvia por correo.

  • ¿Cómo se puede mandar una lluvia por correo?.

  • ¿Qué quiere decir cómo?. Se toma una lluvia, se la mete en un sobre, se escribe sobre él la dirección, se pega la estampilla y se lo pone en el buzón.

  • Me estas tomando el pelo.

  • De ninguna manera. Estaba caminando ayer por la calle y vi que hacía mucho calor y humedad, y pensé que tristeza para Jaimito, él sufre mucho el calor y la humedad. Entré en una tienda donde compré especialmente para ti una buena tormenta y lluvia, para que te alivie y refresque un poco.


Y tío Simón, toma de la mesa la guía telefónica y empieza a buscar algo.


  • ¿Qué buscas tío? -le pregunto.

  • Busco el número telefónico del correo central.

  • ¿Para qué?.

  • Quiero preguntar allí, qué cuento es este, que no te mandan la lluvia.


Pero enseguida desechó el libro y dijo:


  • Malo, no les es posible saberlo, tienen allí mucho trabajo. Hoy o mañana recibirás seguramente la lluvia, si no se pierde, va a llegar seguro.

  • Tío -le pregunto- ¿Cuándo va a venir el invierno?.

  • Eso no se sabe. Es cosa del vigilante que está parado en medio de la ciudad.

No lo sabes, cuando llega el verano ponen un vigilante en medio de la ciudad y le dicen que no deje que el invierno se cuele; entonces el vigilante está parado todos los dias y las noches en medio de la ciudad, para que el invierno no se meta. Pero como el vigilante es un hombre y también tiene que dormir un poco, cuando se adormece, se mete el invierno en la ciudad.

  • ¿Y entonces hace frío?.

  • Claro -dice el tío- por eso mucha gente se va de la ciudad.


El tío Simón me prometió, que mañana, reunirá a todos los chicos buenos y los llevara afuera de la ciudad.


- ¿Adónde?.

  • A la playa.

  • ¿Qué playa?.

  • A Olivos.

  • ¿Por qué no a Vicente López?.

  • No lo quiero a Vicente López.

  • ¿Por qué no lo quieres?.

  • No quiero a Vicente López, allí siempre el agua está mojada.

  • ¿Y en Olivos el agua está seca?.

  • Claro, allí el agua es verdaderamente seca, sólo cuando llueve se vuelve mojada.


Y el tío Simón me dijo que me prepare mañana a la mañana temprano para el paseo.





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Cuando los padres regresan del trabajo.


Dorita ya entiende el reloj y conoce la hora, los minutos y los segundos; y todas las tardes cuando el pequeño reloj se acerca a las cinco, sale a la esquina a esperar a su papá que vuelve del trabajo.


En la esquina ya están parados muchos chicos y cada uno mira hacia otro lado.


  • MI papá –dice Juancito –tiene que venir por Triunvirato.

  • Y el mío –dice Bernardo- tiene que venir por Rivera.


Los chicos miran a lo lejos y no sacan los ojos de los hombres que se acercan.


Juancito, que es un gran pícaro, quiere hacer una broma, y grita:


  • Bernardo, viene tu papá …….!.

  • ¿Dónde? –pregunta Bernardito y mira a todos lados.

  • ¡Ahí!, ¿no lo ves?.


Bernardo echa a correr y todos los chicos estallan en una carcajada.


  • Be…te hemos engañado.


Bernardito se enoja y dice:


  • Ya van a ver, mi papá va a llegar antes que los suyos.

  • De ninguna manera –dice Dorita- mi papá llega siempre primero.

  • Y yo les digo a ustedes que el mío va a llegar antes –dice Rebeca.

  • Ya vamos a ver.

  • Sí, ya veremos.

  • Mi papá –dice Bernardo- viaja en tranvía.

  • El mío viaja en ómnibus.

  • Mi papá en subterráneo.

  • ¡Así! –dice Dorita- mi papá va a pie, pero si quiere puede ir más rápido que el tranvía y que el ómnibus y aun mas rápido que el subterráneo.


Juancito se ríe.


  • Más rápido que el subterráneo no puede caminar nadie.

  • Mi papá sí.

  • Hagamos una apuesta.

  • ¿Qué?.


Juancito quiere apostar, pero ve venir a su papá y corre a su encuentro con gran alegría.


  • ¡Papito, lindo papito!.


El papá de Juancito, León, ve de lejos a su hijito y se sonríe, pero enseguida hace un gesto frió y dice:


  • ¿Quién es este chico?.


Juancito se abraza con sus dos bracitos de las piernas y quiere tomarle las manos, pero su padre esta parado y finge que no lo conoce.


  • ¿Quién eres niño?. No te conozco.

  • Juancito.

  • ¿Qué Juancito?.

  • Tu Juancito.

  • ¿Yo tengo un hijo llamado Juancito?.

  • Si….


El padre toma a su hijito en brazos y lo lleva a la casa.


  • Pero be…-grita Juancito a los otros chicos- ¿El padre de quién llega primero?.

  • Pero ayer –dice Bernardito enojado- vino primero mi papá.

  • Le voy a decir a mi papá y entonces él llegara primero que todos los otros –dice Dorita.


Bernardito quiere contestar algo, pero ve venir a su papá y corre a recibirlo.


  • ¡Papa!.

  • ¡Hijito!.


El padre toma de las manos a su hijito y le pregunta:


  • ¿Cómo estás hijito?.

  • Bien.

  • ¿Mamá está en casa?.

  • Si, esta haciendo bocaditos.


Bernardo pasa delante de los chicos agrandado.


  • Yo dije que mi papá llegaría primero.

  • ¿¡Así!? Pero el papá de Juancito llegó antes.


La última que se quedó en la esquina es Dorita, y cuando llega su papá, corre a recibirlo y después de besarlo muchas veces dice, un poquito enojada.


  • Tu llegas más tarde que todos los otros papás.

  • Yo trabajo lejos, mucho más lejos que los otros papás.

  • Pero yo quiero que llegues primero, Juancito y Bernardito se burlan de mi.


El padre acaricia la cabeza de su hija, saca del bolsillo un paquete de caramelos y se lo da.


  • Por eso tienes caramelos y ellos no.


Más tarde todos los chicos se encuentran afuera y disputan entre ellos.


  • Pero mi papá llegó antes que todos los papás –dice Juancito.

  • El mío también llego antes –dice Bernardo.


Dorita muestra el paquetito de caramelos y dice:


  • Pero qué papa trajo caramelos ¿Eh?...ninguno.


Los chicos callan, esta vez Dorita ha ganado.




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La cartita de papa.




Bertita se volvió un cartero, se puso la gorra de su hermano y tomando la cartera de la escuela, salió a la puerta y golpeó.


  • ¿Quien es? –preguntó la madre.

  • Soy yo, el cartero.

  • ¿Qué desea usted?.

  • Le traje una cartita.

  • ¿De quien?.

  • De su hijita Bertita.

  • ¿Qué me escribe?.

  • Léalo y se enterará.


La madre abre la puerta y Bertita le alcanza un pedazo de papel.


  • ¿Esto es una cartita?

  • Si.

  • ¿Pero si aquí no hay nada escrito?.

  • Vamos señora –dice Bertita- usted no sabe leer. Déme la cartita y le diré qué le escriben.

  • Bueno –dice la mamá- escuchemos qué me escribe mi hijita.


Bertita toma con la mano el papel y dice:


  • Escuche, señora, su hijita le escribe esto: Querida mamá.

  • ¿Nada mas?.

  • Te quiero mucho y ya está.

  • ¿Eso es toda la carta?.

  • Si.


La mamá toma el papel y se la lleva al padre.


  • Mira –dice- recibí una cartita de Bertita.

  • ¿Qué te escribe?.

  • Me escribe que me quiere mucho.

  • Así –dice el padre- entonces estoy enojado con ella.

  • ¿Por qué?.

  • A ti te escribe cartitas y a mi no.


Bertita escucha lo que dice el padre, sale otra vez corriendo a la puerta y golpea.


  • ¿Quién es?.-pregunta el padre.

  • Soy yo, el cartero.

  • ¿Qué quiere?.

  • Traje una cartita.

  • ¿Para quién?.

  • Para el papá de Bertita.


El padre se levanta y va hacia la puerta y Bertita le alcanza un pedazo de papel, que el papá mira de todos lados.


  • ¿Esto es la cartita?.

  • Si.

  • Pero si es un papel vacío.

  • No señor –dice Bertita- usted no sabe leer, déme la cartita yo le diré lo que está ahí escrito.

  • Adelante, oigamos.


Bertita toma la cartita y comienza a leer.


  • Querido papa…

  • Más adelante.

  • Te quiero mucho…

  • ¿Y?...

  • Y….ya esta.

  • ¿esta es toda la carta?.

  • Si.


El padre toma el papel y se lo muestra a la madre.


  • No te agrandes –dice- yo también tengo una cartita.


En pocos minutos más Bertita se saca la gorra, deja la cartera del colegio y se acerca a la madre con una pregunta.


  • Mamá –dice- ¿recibiste una cartita de Bertita tu hijita?.

  • Si.

  • ¿Por qué no se la contestas?.

  • ¿Es acaso una verdadera carta?.

  • Si.

  • Entonces bueno, ya la voy a contestar.


La mamá toma un papel en blanco y se lo alcanza.


  • Acá tienes mi respuesta.

  • Pero no hay nada escrito.

  • Anda, ya, anda –dice la madre- tu no sabes leer, dame la cartita y te la leeré.


Bertita le alcanza la carta y la madre lee..


  • Mi querida hijita, no te quiero….

  • No–dice Bertita- lee de verdad.

  • Está así escrito.

  • No está así.

  • Bueno, querida hijita te quiero.

  • ¿Me querés mucho?.

  • Mucho, mucho.

  • Ahora tiene que contestar papá –dice Bertita.

  • ¿Qué quieres que te conteste? –pregunta el padre.

  • Tu sabes.


El padre toma una lapicera escribe algo en un pedazo de papel y dice:


  • Toma aquí tienes una verdadera cartita.

  • Léemela –dice Bertita.

  • No –dice el papa- esta cartita la guardaré y cuando vayas a la escuela y aprendas a leer, me dirás qué hay escrito en ella y te compraré alguna cosa linda.


Bertita guardó la cartita y todos los días cuando despierta pregunta,:


  • Mamá, ¿ya soy grande?.





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Zapatitos en una vidriera.


Diez pares de zapatitos para niños en una vidriera de un negocio, hablan entre ellos.


  • Qué lindo día –dicen los zapatitos- y nosotros estamos aquí encerrados.

  • Yo estoy aquí –dice uno- ya hace tres meses y ya no puedo soportar las largas y vacías horas, si tuviera fuerzas rompería el vidrio y escaparía a la calle.

  • Hay que tener suerte –dice un tercer zapatito- una vez el dueño puso acá unos zapatitos amarillos, y enseguida el primer día vino una señora con una chica y los sacó afuera.

  • ¿Te acuerdas de la chica?- preguntó un cuarto zapatito-

  • Una linda niñita rubia con pelo ondulado y ojos azules.

  • Ja,ja,ja –se ríe el primero- ojos azules no tenía.

  • ¿Qué color de ojos tenía entonces la niña?.

  • Marrones, así como el color de mi cuero.

  • Si es así no sabes nada, yo miré bien los ojos de la niña, ¿Te acuerdas cómo me miró a mi?.


Los zapatitos empiezan a pelearse, pero enseguida llega una señora con una niña y todos se callan y empiezan a sonreír y a coquetear.


  • ¿Y Sarita, cuáles zapatitos te gustan más? –pregunta la señora.


La niña mira todos los zapatos que están en el escaparate de vidrio.


  • A mi me gustan.. –dice la niña- estos y estos, todos me gustan.


La señora ríe.


  • Todos no voy a comprar, elige el que más te guste.


La zapatitos se acercan a la vidriera y sacan más brillo, que luce ante el sol.


  • Llévame nena.

  • ¿Verdad que yo te gusto más?.


La nena piensa un rato y señala un par.


  • Estos mamá, cómprame estos.


Los zapatitos a quienes la nena señaló empiezan a bailar de alegría:


  • Nosotros le gustamos, le gustamos más que todos.


Los otros zapatitos se miran desilusionados.


  • Una niña tonta, miren a quienes eligió, al zapato blanco.

  • Ese le hizo gracias, se le ve en la cara.

  • Y ustedes no le hicieron gracias.


La señora entra al negocio con la nena y enseguida el dueño toma el par de zapatitos blancos, y estos se muestran orgullosos al despedirse de sus compañeros.


  • ¡Adiós! –gritan- adiós colegas, ya nos veremos seguramente.

  • Es gente tonta –grita enojado un zapatito, mal perdedor.


La niña se sienta en el banquito, saca uno de los viejos zapatitos marrones y se pone el nuevo.


El zapatito blanco acaricia el pie de la nena, lo mima, lo besa.


  • Tu serás buena conmigo, nenita – dice el zapatito nuevo, afablemente.


El otro zapatito nuevo está en el suelo, al lado del viejo y aprovecha para hablarle.


  • ¿Estás muy roto compañero?

  • Si –contesta tristemente el zapatito viejo- esto no es muy agradable.

  • ¿Paseas mucho?, fueron a un bosque seguramente.


El zapatito viejo se rie.


  • Sabes una cosa, pocas veces salimos del barrio.

  • ¿Entonces qué?.

  • Esta gran pícara, corre y salta como un conejo, cuantos años crees que tengo?.

  • ¿Qué se yo, un año, dos?.

  • Ni siquiera cuatro meses, si su padre fuera un poco más rico, ya hace mucho tiempo que me hubieran tirado.


La niña se para en el suelo con un zapatito nuevo y uno viejo puesto, da unos pasos adelante y vuelve atrás.


  • ¿No te aprietan? –pregunta la mamá, se inclina y toca con la mano la punta del zapatito blanco.

  • Si un poco …-dice la nena.


El zapatito nuevo se estremece y empieza a inflarse para volverse más largo y ancho y el zapatito viejo que está en el otro pie ríe.


  • Años jóvenes, años tontos, yo también me hinchaba, quería salir pronto a la libertad, creía que iba a pasear…

  • Es chico –dice la madre.


La criatura se saca el zapatito nuevo, se vuelve a poner el viejo y se acerca otra vez a la vidriera.


  • ¿A lo mejor esos me irán bien?.


Los zapatitos que señala empiezan a saltar de alegría.


  • Si, si, nosotros te iremos bien.


Cuando el vendedor los saca de la vidriera, saludan a todos sus compañeros:


  • Que les vaya bien colegas, no nos olviden.


Los otros zapatos se secan los ojos.


  • Que les vaya muy bien.


Cuando la niña se mide los nuevos zapatos, los anteriores zapatitos bajan la mirada con vergüenza y se secan los ojos.


  • Sí, éstos están bien –dijo la madre.

  • Seguro –dicen los zapatos con gran contento- nosotros te lo dijimos al principio.


El viejo par de zapatos se arrima a los nuevos y empieza a aconsejarles,


  • Nosotros no fuimos tan felices, cuatro meses han pasado y entonces éramos tan jóvenes y lindos como ustedes, y ahora…


Cuando la niña sale del negocio, todos los zapatitos la siguen con la mirada y se despiden de sus amigos.


  • Que les vaya bien, que sean felices.

  • Vengan a vernos alguna vez.


Cuando el dueño volvió a poner los anteriores zapatitos en la vidriera, todos se sonrieron.


  • ¿Y? se alegraron un poco demasiado pronto.

  • Ya estaban seguros que eran los elegidos.

  • Nosotros no lo decidimos –dice el derecho.

  • Yo me encogí a propósito- dice el izquierdo- porque los viejos zapatitos dijeron que la niña era descuidada y mala.


Los compañeros quieren empezar a burlarse de sus colegas, pero uno ve de pronto un par conocido y empieza a gritar:


  • ¡Miren quién pasa!.

  • ¡Miren quién pasa!.

  • Esos son los amarillos con los botones negros.

  • Se ven un poco más amarillos.

  • ¡Buen día amarillos! ¿Cómo les va?.

  • Vengan acá.

  • ¿Qué nos cuentan?.


Los zapatitos amarillos en la calle dan algunos saltos y sonríen.


  • Es tarde, vamos corriendo a la escuela.

  • ¡Un minuto!.

  • No podemos.


Los zapatitos se ponen a pensar y dicen con gran tristeza.


  • Ya querría escaparme ya mismo de aquí…

  • ¡Qué aburrido que es aquí!.

  • Hay tantos lindos parques y jardines.


Frente a la vidriera se paró una señora con un chico, todos se estiran, sonríen y coquetean y miran los rotos zapatitos del chico:


  • Mira, llévame a mi.

  • Yo voy a ser bueno.


Los viejos y rotos zapatitos piensan.


  • ¡Ah! A lo mejor ya nos dejaría descansar este chico, ya no tenemos fuerzas.

  • Seguro –reconocen los otros zapatos.


La mamá mira al niño y lo toma del brazo.


  • Ven hijito, no tengo plata.


El chico se va y los zapatitos se miran asombrados.


  • ¿Plata?, ¿Qué es eso de plata? –se preguntan todos.


Todos se miran, arrugan las frentes y no saben qué contestar.





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El pequeño diplomático.


El pequeño Josesito llega de visita a la casa de su tía Flora. La tía le da un enorme pedazo de chocolate con nueces y almendras y le pregunta qué va a hacer con él.


  • Me lo voy a comer –contesta.

  • ¿Todo? –pregunta la tía.

  • No –dice Josesito- le voy a dar un pedazo a mamá.

  • ¿Y a tu papá no?.

  • A papá también.

  • ¿Y a tu hermanita?.


Josesito divide el chocolote en cuatro partes iguales, tres de las cuales envuelve en papel y guarda cada una en un bolsillo diferente.


  • Acá guardo el pedazo de mamá –le dice a su tía señalando un bolsillo.

  • Bien –contesta la tía.

  • Acá guardo el chocolate para papá –mostrando otro bolsillo.

  • Muy bien –dice la tía.

  • Y acá guardo el chocolote para Rosita –señalando un tercer bolsillo.

  • Excelente –dice la tía.

  • Y acá guardo el chocolate de Josesito –dice señalándose la barriguita, y muy contento comienza a comer su parte.

  • Bueno –dice la tía.


Josesito termina de comer el chocolate y se dedica enseguida a su juego favorito: toma dos banquitos de paja bajos, coloca uno detrás de otro, se sienta en el ultimo y comienza a rugir imitando el ruido de un motor.


  • Tía esto es un ómnibus- grita.

  • Así que un ómnibus y yo que creía que eran dos bancos.

  • Yo soy el chofer.

  • Bueno sé tu el chofer pero no atropelles a ninguna persona.

  • Soy también el guarda –dice Josesito- vendo los boletos.

  • ¿Así que también sos el guarda?, muy bien, ¿A mí también me vas a cobrar boleto?.

  • Claro que sí, nadie puede viajar gratis.

  • ¿Y yo porqué te doy chocolate gratis?

  • Porque sos mi tía.

  • Si, pero tu eres mi sobrino.


Josesito piensa un momento, y como no sabe qué responder, comienza a bramar como un motor y aclarándose la garganta dice:


-¡Ejem! Salí tía que te puedo atropellar.


La tía se sienta a un costado y comienza a leer el diario. Josesito juega un rato, pero pronto recuerda el chocolate guardado y comienza a hurguetearse los bolsillos.


  • Tía –Rosita es muy chiquita y no puede comerse un pedazo tan grande de chocolate.

  • ¿Entonces qué quieres?.

  • Quiero sacarle un pedazo.

  • Bueno –responde la tía con una sonrisa- sácale.


Josesito saca del bolsillo el pedazo de chocolate que guardaba para su hermanita, rompe un gran pedazo y se lo come. Pero... le parece poco.


  • Tía –vuelve a decir- Rosita no puede comer chocolate, así dijo el doctor, cuando come le hace mal y le duele la pancita... ¿me como el otro pedazo también?.

  • Come –dice la tía sonriendo.


Josesito come el otro trozo de chocolate. Y vuelve a jugar. Ahora el ómnibus se transformó en un tren, y el tren corre y vuela por campos y bosques, pasando montañas y valles, traquetea y golpea.


  • tra-tra-tra, tra-tra-tra.


Pero el chocolate que aún tiene en sus bolsillos no lo deja tranquilo y deja nuevamente de jugar.


  • ¿Sabes tía? –dice- a papá no le gusta el chocolate.

  • ¡¿Así?! .

  • ¡Sí!, de verdad, cuando le doy chocolate, no quiere comerlo... ¿Me como el chocolate de papá?.

  • Si tu quieres.


Josesito se alegra y mira a su tía agradecido, y ni bien ha terminado de comerse la parte de chocolate que correspondía a su papá, comienza a jugar otra vez, pero el tren ya no es un tren, es un barco que viaja por ríos y mares.


  • see-schl-schl.


Pero el último pedazo de chocolate no lo deja vivir y corta su siseo.


  • Tía –dice- ¿Las personas grandes también comen chocolate?

  • Sí –dice la tía- si se les convida, comen.

  • Y las mamás.

  • Las mamás también.


Josesito no está contento con la respuesta, a él le parece que las mamás no deberían comer chocolate, que fue creado para chicos chicos, y sobre todo para chicos como él.


Se queda un rato sentado calladamente, pensativo. Él podría ahora convertir a los banquitos en un avión y volar por los altos cielos, pero el último pedazo de chocolate que todavía tiene en el bolsillo envuelto en papel, no lo deja concentrarse.


  • Tía –dice- hace calor.

  • Por qué ¿así de pronto?.

  • Cuando hace calor se deshace el chocolate en el bolsillo.

  • Ah! Entonces hay que sacarlo del bolsillo –dice la tía.

  • Los pantalones se me van a manchar y mamá me va a gritar...

  • No se van a manchar.


Pero Josesito ya no escucha a su tía y su cara se contrae como si fuera a llorar.


  • Yo no quiero que mamá me grite...

  • ¿Qué es lo que entonces quieres?.

  • Quiero comerme el chocolate.

  • Bueno –dice la tía- ya veo que no puedes descansar, cómete el chocolate y terminen tus penas.


Josesito corre hacia a su tía, la abraza y comienza a besarla.


  • Sos una buena tía, la mejor tía de todas la tías.


Josesito come el chocolate y se siente de pronto libre y feliz. Y comienza a jugar nuevamente.



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¡Por qué los patos andan descalzos!


Una vez, un domingo, estaban los patos en la puerta de casa tomando fresco.

Pasa por allí su vecino, el pavo, y los saluda.


  • ¡Qué tal!, ¡que tal!.

  • Cuá-cuá-cuá –contestan los patos en su idioma.

  • Lindo día –dice el pavo- una delicia, vengan patos, demos un paseíto.

  • Adonde –preguntan los patos.

  • Por la avenida.

  • ¿Cómo?.

  • Toda la ciudad pasea ahora por la avenida.


Los patos se miran entre sí y suspiran.


  • Iríamos con mucho gusto, pero tu sabes, no tenemos zapatos.

  • ¿Y qué hay con eso?.

  • Ir descalzos por la avenida es feo.

  • Además –dijo un pato viejo- tengo miedo de que nos echen de la avenida y no nos dejen pasear descalzos.

  • ¡Tonterías! –dijo el pavo- vengan conmigo, yo voy a interceder por ustedes.


El pavo se larga a caminar como un líder, y toda la bandada lo sigue confiada. Pero al llegar a la avenida, los para un policía y les pregunta:


  • ¿Adónde van patos?

  • A pasear por la avenida.

  • Muy bien, pero ¿dónde están los zapatos?.

  • Nosotros no tenemos zapatos, vamos descalzos.

  • Si es así –dice el policía- tengan la amabilidad de volverse a sus casas.

  • ¿Por qué?.

  • Por la avenida no se puede andar descalzo.


Los patos miran al pavo y aguardan. Esperan que él los defienda, pero él se adelanta y se hace el desentendido.


- Amigo pavo –gritan los patos- no nos dejan pasar.


El pavo siguió sin volver siquiera la cabeza. Y los patos volvieron a sus casas avergonzados.


En el camino se encontraron con el gato con sus lustrosas botitas que los detiene.


  • ¿De dónde venís patitos?.


Los patos le cuentan.


  • El pavo nos invitó a dar un paseo, entonces llegamos a la avenida, a él lo dejaron pasar y a nosotros no.

  • ¿Por qué?.

  • Porque estamos descalzos.

  • ¡Ah! Es una pena, una gran pena –dice el gato mientras frota sus brillantes botitas –vengan conmigo.

  • ¿Adonde?.

  • Al parque.

  • ¿Nos dejarán pasar?.

  • Descansad en mi, si el guardián les dice algo le voy a arrancar los ojos.


El gato va delante y toda la bandada de patos detrás, con sus corazoncitos palpitantes.

Llegados al parque dejan pasar al gato y a los patitos no.


  • ¿Adonde van patitos? –dijo el guardián.

  • Al parque a pasear.

  • Muy bien, pero dónde están vuestros zapatos.

  • No tenemos zapatos, andamos descalzos.

  • Si es así –dice el guardián- hagan el favor de volver a sus casas.

  • ¿Por qué?.

  • En el parque no se deja entrar a los descalzos.


Los patos miran al gato y esperan a que él se ocupe de ellos.

Pero él está del otro lado lustrándose sus botitas.


  • Amigo gato –gritan- no nos dejan pasar...


Pero el gato ni siquiera los miró, y los patitos con gran vergüenza debieron volver a sus casas.


A la tarde los patos ya se querían ir a dormir, cuando oyeron que llamaban a la puerta.


  • ¿Quién es? –preguntaron sorprendidos.

  • Soy yo ¡vuestro vecino el gallo!.

  • ¿Qué es lo que quieres?.

  • Vine a invitarlos a un baile en mi casa.

  • ¿Cuándo será?.

  • Esta noche.


Los patos recibieron con alegría la invitación, y contestaron que aceptaban gustosos.


Y ni bien el gallo se fue, comenzaron a lavarse y arreglarse, y se encaminaron al baile.


Cuando llegaron a la puerta los vuelven a parar.


- ¿Adónde van patos?.

  • Al baile.

  • Muy bien, pero ¿dónde están vuestros zapatos?.

  • No tenemos zapatos, andamos descalzos.

  • Si es así, disculpen y vuelvan a sus casas a dormir.

  • El gallo nos invito...

  • Si pero no descalzos.


Los patos protestan y tratan de convencerlo, pero el guardián se mantiene en sus trece.


  • Descalzos no se concurre a un baile.


Mientras tanto la música comenzó a sonar y los patos vieron a través de la ventana cómo la concurrencia alegre se dejaba arrastrar por la danza y sus corazones se oprimieron de tristeza.


  • Cuá, cuá, cuá –se quejaban de dolor.


Por casualidad pasaba un zapatero y al oír a los patos quejarse les preguntó:


  • ¿Qué les ha pasado patitos? ¿Por qué lloran así?.

  • El gallo nos invitó a su baile y no nos dejan entrar.

  • ¿Por qué?.

  • Porque estamos descalzos.

  • ¡Qué problema! –dice el zapatero- vengan conmigo a mi casa, les tomo las medidas y les hago los zapatos.

  • Somos pobres –dicen los patos- no tenemos plata.


El zapatero mira a los patos y se ríe.


  • ¡Qué! ¿Ustedes son pobres? ¡Que risa!. Ustedes son más ricos que yo, ustedes tienen plumas para hacer una almohada y les haré zapatos que todo el mundo les envidiará.

  • Verdad –dicen los patos- te daremos plumas, no un poco, sino muchas, muchísimas, si nos haces los zapatos.


A la mañana siguiente, bien temprano, estaban los patos frente a la casa del zapatero, impacientes esperaban a que abriera el taller.


Y cuando el zapatero abrió la puerta, y vio el gran paquete de plumas que le habían traído, se frotó las manos con alegría y dijo:


  • ¡Ah! Les voy a hacer unos zapatos que van a ser unas joyas.


Enseguida invitó a los patos a entrar, les tomó las medidas y les prometió que para el sábado a la mañana estarían listos.


Cuando los patos salieron por primera vez con los zapatos nuevos a la calle, se produjo un gran revuelo, jóvenes y viejos salieron de sus casas para ver la gran maravilla, y todos felicitaron a los patos.


- ¡Bravo! –gritaban.

  • En hora buena!.

  • Estrenad con salud!..

  • ¡Muy bien!.


El pavo, el gato y el gallo salieron también a sus puertas y saludaron alegremente a los patos y los aplaudieron.


  • ¡Bravo! ¡bravo!.


El gato se arrimó enseguida a los patos y los invitó a un paseo.


  • Vengan –dijo- paseemos un poco.


Los patos caminaron por la calle con los cuellos muy estirados y no paraban de cantar.


  • Cuá, cuá, cuá.

  • Yo no sabía–les dijo el gato- ustedes cantan tan bien!.


Los patos pasearon todo el día, estuvieron en la avenida, estuvieron en el parque, y a la noche visitaron todos los salones de baile y en todos lados se dejaron alabar y bailaron con el gato, bailaron con el pavo, con el gallo y con todos los demás invitados.


Tres días y tres noches estuvieron los patos divirtiéndose y así se olvidaron totalmente del lago, hasta que un día el gato les preguntó:


  • ¿A lo mejor queréis que paseemos por el lago?.


Los patos se alegraron muchísimo.


  • Tienes razón, hace mucho que no estamos cerca del agua, deberíamos darnos un baño.


Mientras tanto en el lago los peces, que eran muy amigos de los patos, los extrañaban muchísimo y estaban preocupados por no verlos.


Los patos eran los únicos que les traían las novedades y chismes del mundo, y les contaban de la vida en la tierra, y cuando pasaron tres días y los patos no aparecían, los peces se pusieron tristes.


Los chicos llegaban todos los días al lago y tiraban al agua migas de pan, galletitas y muchas otras cosas ricas, pero los peces no se arrimaban a la comida, y los chicos se alzaban de hombros y no comprendían qué pasaba con los peces.


  • Perdieron el apetito.

  • No comen más.


Cuando los patos llegaron al lago, los peces revivieron ni bien los vieron, subieron a la superficie y se arrimaron a las orillas saludándolos con alegría:


  • Buen día.

  • ¿Dónde estuvieron tanto tiempo?.


Los patos de la alegría se olvidaron que tenían los zapatos puestos y quisieron enseguida meterse en el agua, pero el gato los detuvo:


  • ¡Sáquense primero los zapatos! –les dijo.


Los patos se resistieron un poco pero el gato no los soltó.


  • Los zapatos en el agua se arruinarán –les aseguro.


Cuatro horas se divirtieron y distrajeron en el agua con sus amigos los peces, les contaron todas las novedades y se dieron corte con la nueva vida que llevaban. Y cuando después salieron a la orilla y no encontraron sus zapatos, se quedaron parados, como paralizados.


  • ¡Amigo gato!, ¡amigo gato! –gritaron.


Nadie les contestó.


Los patos comenzaron a gritar y a alborotar.


Pronto se reunió la gente y les preguntó:


  • ¿Qué ha pasado?.

  • Nos han robado los zapatos.

  • ¿De veras?.


El gato también vino, puso cara de santo y se enojó mucho:


  • ¡Qué escándalo! –gritaba- si agarro al ladrón le saco los ojos.


Luego los acompañó a su casa y los consoló diciendo:


  • Bueno, no lo tomen tan a pecho, a ustedes les queda mejor andar descalzos.


Desde aquella vez los patos andan otra vez descalzos y pasan días enteros en el agua, y en las tardes, cuando regresan a sus casas, sueñan en la oscuridad con aquellos dichosos días cuando tenían zapatos y se divertían junto con todos los felices vecinos en los alegres bailes, y suspiran con tristeza.



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Una corta visita y una gran alegría.


Después de muchos oscuros y lluviosos días, con viento y frío, un día el otoño se acurrucó y echó un sueñito. Entonces el verano se enteró de esto y callado, en puntas de pie, se metió en la ciudad.


Los chicos regresaban justamente de la escuela. Cuando vieron llegar al visitante, empezaron a bailar y a saltar de alegría.


  • Bienvenido, una visita, miren quien ha llegado.


El verano se deslizaba con cuidado por las paredes temblando un poquito de frío y un poquito de miedo, pero cuando vio las resplandecientes caritas de sus pequeños amigos, sonrió y poniéndose un dedo en los labios dijo:


  • Sch, el bandido puede despertarse.

  • Tío verano- le preguntó un chiquito- ¿viniste por mucho tiempo?.

  • No, no, sólo por un día o dos, para ver qué hacen ustedes. ¡Les extraño tanto!.

  • Nosotros también te extrañamos mucho –respondieron los chicos.

  • Ya hace tres semanas que estamos encerrados en nuestras casas, porque no deja de llover.

  • Muchos chicos están enfermos por la lluvia y están en cama.

  • ¿¡SI!?.


El verano sacudió su cabeza con enojo:


  • Qué bandido este otoño, hace llover y llover, hay que tener un corazón de piedra.


El verano acarició a los chicos y los mandó a sus casas a tomar la merienda y hacer sus deberes. Pero los chicos no le obedecieron. Entraron en sus casas, tiraron los libros y los cuadernos y salieron corriendo otra vez a la calle.


  • ¿Ya? –pregunta el verano- ¿tan pronto comieron?.

  • Qué comer, ni qué comer –contestaron los chicos- estando tú no tenemos apetito.

  • ¿Y los deberes?.


Los chicos rieron.


  • Quien se acuerda de los deberes, teniendo una visita tan importante en la ciudad, queremos entretenernos un poco con ella....


Los chicos corrieron, bailaron y saltaron de contento y el verano gozó con su alegría, azuló los cielos, sacó a relucir al sol, y con una caricia revivió a los árboles y los pastos, que empezaron a perfumar el aire como en primavera.


Los chicos hicieron sus travesuras y el sol sonrió y rió con ganas y cuando él se fue, ellos se quedaron largo rato en la calle sin querer volver a sus casas.


Al día siguiente, cuando los chicos debían ir a la escuela se acordaron que no habían estudiado las lecciones ni hecho los deberes y se quedaron sin saber qué hacer:


  • ¿Qué va a pasar?. La maestra se va a enojar.

  • Nos va a poner una mala nota...


A nadie se le ocurría qué hacer, hasta que el muy pillo de Josesito sonrió con picardía y les dijo:


  • Hagan como yo, pidan a sus papás, mamás o hermanos que ellos les hagan los deberes en un momentito, ellos saben.


Al principio los chicos protestaron pero al fin así lo hicieron.


Ese día la maestra felicitó a sus alumnos:


  • Las cuentas están bien.

  • ¿Y la composición?.

  • Excelente.

  • ¿Mi mapa?.

  • Muy bien.


El otoño estaba cansado de tanto trabajar y siguió durmiendo profundamente y mientras tanto el verano se paseaba por las calles en puntas de pie, y echaba una miradita en cada ventana y cada puerta para ver qué hacía cada uno.


Cuando los chicos comprobaron que el verano todavía estaba, volvieron a salir enseguida de sus casas y jugaron con él toda la tarde y toda la mañana, y volvieron a pedir a sus padres y hermanos que les hicieran los deberes.


Así pasaron dos días, tres días, cuatro días....


Hasta que la maestra se dio cuenta que los chicos no hacían solos los deberes y escribió en todos los cuadernos: mal, muy mal.


Cuando los chicos regresaron a sus casas estaban muy enojados.


  • Mira papá, tu composición no sirve.

  • Mamá, las cuentas estaban mal.


Los padres al oír semejantes cosas se fueron al colegio para quejarse a la maestra.


  • ¿Por qué no sirven estas cuentas?.

  • ¿Por qué no sirve esta composición?.


La maestra sonrió:


  • Porque no me gustan.

  • ¿Qué quiere decir?, yo la hice.

  • Así –dice la maestra- por eso es que no sirve. Díganme padres y madres inteligentes, ¿para qué mandan a sus chicos a la escuela?.

  • Para que aprendan a leer y a escribir.

  • Y si ustedes les hacen los deberes quienes van a aprender a leer y a escribir ¿ustedes o ellos?.


Los padres y madres se avergonzaron.


  • Fueron días muy lindos –se disculparon- y los chicos se entretuvieron.


La maestra rió.


  • ¿A quién engañaron, a mi o a ustedes?.


La maestra invitó a los padres a que se sentaran y les explicó lo mal que obraban cuando los deberes de sus chicos los hacían ellos.


  • Recuerden, cuando ustedes hacen los deberes de sus chicos hacen mal, muy mal.


Ese día cuando los chicos volvieron a sus casas ya el luminoso verano no estaba y el oscuro otoño nublado, malhumorado los ahuyentaba:


  • Pronto, pronto, vayan haraganes, creéis que es ayer, vuestro ayer....




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El león que no conocía la selva.


Un nuevo inquilino trajeron al zoológico, un invitado de lejos que obtuvo su lugar cerca de las ya existentes fieras, al lado del león, al lado de la hiena, al lado del elefante.

El inquilino llegó sobresaltado, furioso, y su grito despertó a todos los animales del jardín que se asustaron de sus bramidos y se preguntaban:


  • ¿Quién es este…?.

  • Parece que viene de la selva.


Este nuevo vecino era un tigre de Bengala. Corrió algunas horas en su jaula, inquieto, enojado y cada vez se tiraba contra los barrotes, quería escapar y cuando sentía que no podía contra el hierro, se ponía más furioso: Grrr, grrr.


El elefante sonreía, la hiena se reía.


  • Shhhh, shhhh, ya se va a tranquilizar.

  • A nosotros también nos encerraron los hombres.


A la tarde el tigre se tranquilizó un poco y comenzó lentamente a mirar a su alrededor, a conocer a sus vecinos.


  • ¡Ah! El colega elefante también esta acá!.

  • Y el amigo hiena!.


El tigre ve al león africano y se queda parado.


  • Es un individuo conocido, me parece un león.

  • Si –dice la hiena-Un león de Senegal.


El tigre se quedó parado un momento y con gran cuidado estudió a su vecino de quien tanto había oído hablar.


  • Así, entonces, esto quiere decir que su excelencia, el rey de la selva está preso.


El león sacudió fuertemente su melena y no contestó.


  • Lástima, lástima, no tuvimos oportunidad de encontrarnos.


En las selvas de Bengala, el que reina es el tigre, aún sobre los leones que en aquellos lugares son débiles, no como los leones de Senegal. Cada vez que un tigre oía hablar de los leones africanos decía con ironía:


- Que vengan acá que los voy a destronar.


El tigre de Bengala no dejaba tranquilo al león, lo tenía de punto con sus bromas y se reía de él.


- A lo mejor quiere su excelencia un antílope para el desayuno.


- Grandioso rey, acá esta parado un siervo vuestro.


El león callaba y cada vez que el tigre comenzaba a agredirlo con sus bromas, se daba vuelta mostrando la cola o se estiraba sobre el suelo al sol caliente, cerraba los ojos y se hacía el dormido


Pero dormir, no dormía, estaba acostado y pensaba, qué quería de él éste animal. No entendía por qué el tigre se reía tanto de él.


  • Si yo nunca le hice daño –decía.


Este león nunca había hecho daño a nadie; desde lo que él recordaba se encontró siempre en esta jaula; no entendía por qué el tigre lo atacaba tan a menudo con sus extraños nombres como excelencia, grandioso rey, su honorabilidad y así muchos más.


Había sido comprado y enjaulado de cachorro y nada sabia de sus orígenes o de su país. Por años y años que estuvo en esa jaula, tomó cariño al hombre que todos los días le traía su porción de roja carne y que nunca lo había maltratado con latigazos. Pero el buen hombre se apartaba siempre de él con miedo e intranquilidad.


Lo único que le había quedado al león de sus atributos era el rugido, un grito que solía soltar en la oscuridad de la noche.


Este rugido producía miedo a todas las fieras del jardín y aún el tigre, el elefante, el lobo, la hiena, empezaban a temblar. Cuando se recobraban del susto, se quejaban y decían:

  • No deja dormir.

  • ¡Qué es este salvaje grito a mitad de la noche!.


El rugido despertó al tigre, que crujió con los dientes y probó contestar con el mismo rugido.


  • Cree que solo él puede gritar, yo también puedo, honorable rey.


El león, como siempre, no contestó y volvió a pensar qué quiere decir honorable rey.


Pero no le parecía bien preguntar, él no quería preguntar a sus vecinos.


Una vez, el león se despertó de un fuerte bramido y parado junto a él vio un colega, un león africano.


El viejo león pensó largo rato como deshacerse de esto que parecía un sueño que lo inquietaba.


  • ¿Es esto un sueño? –preguntó.

  • No es un sueño –le contesto el nuevo león.


El viejo león se estiró sobre sus patas, volvió a sacudir su melena y pregunto:


.- ¿Quién eres?.

  • Soy un león como tú.

  • ¡Un león como yo! ¿Cómo llegaste aquí?.


El nuevo león sonrió.


  • Yo llegué aquí de la misma manera que tú y que todos los otros animales que están aquí. Me engañaron, me hicieron caer en una trampa y me capturaron.


El viejo león miraba a su colega y no entendía ni una palabra.


  • ¿Qué quiere decir me capturaron?.


El nuevo león se quedó parado asombrado.


  • ¿No sabes lo que quiere decir capturaron?.

  • No sé.

  • Sabes, en la selva….


El nuevo león se quedó duro de sorpresa.


  • ¿No sabes qué es una selva?.

  • No.

  • ¿Cuánto tiempo hace que estas aquí?.

  • No sé.

  • Un año.

  • Más.

  • ¿Dos, tres, cuatro?.

  • Más, mucho mas.

  • ¿Diez?.

  • Ya no recuerdo.

  • Pobre colega! –dijo el nuevo león- no te acuerdas que estuviste en otro lugar, en un lugar de muchos, muchos árboles, de grandes y anchas estepas.

  • No.


Y el nuevo león se acerca a su colega y le dice:


  • Infeliz ciudadano.

  • ¿Qué es entonces una selva? –pregunta curioso el viejo león.


El nuevo león se sienta cerca del viejo, y comienza a describir las grandes espesas selvas africanas, le cuenta de todas las fieras, de todos los animales, de sus cientos y cientos de hermanos y dice:


  • La selva, la estepa, esa es nuestra casa, nuestro país!!.


El viejo león oye sorprendido cada palabra.


  • Así, yo creía que esta jaula era mi casa.

  • La jaula es tu cárcel, tu prisión.


El nuevo león muestra a las otras fieras y dice:


  • En la selva eres un rey, reinas sobre todos los que ves aquí, allí tiemblan con solo una mirada tuya.


El león se sorprendió.


  • ¿Y el elefante también?.

  • Si.

  • ¿un elefante grande también?.

  • Un gran elefante, la rápida hiena, el lobo, el tigre, todos, todos están bajo nuestro poder, muertos de miedo.


El viejo león se quedó pensativo, ahora se le aclaraba por qué el tigre lo atacaba tanto, por qué se reía y se burlaba.


- Porque sabe que estoy entre rejas, por eso se permite bromear y burlarse.


El león se estira, sacude su melena y suelta un bramido, ahora siente su fuerza y echa una mirada a sus vecinos con altanería y seguridad.


  • Gracias compañero –dice- me trajiste una vida nueva.


Días y noches pasaban los leones conversando.


El nuevo león no acababa de hablar de la selva, del bramido de sus hermanos y el viejo león tragaba cada palabra y se sentía cada vez mas animado y fuerte.


Ahora braman los dos en las noches y sienten que su bramido produce un gran temor en todos los animales, en todos los pájaros y aún sobre todos los hombres de la ciudad. Saben que su bramido llega lejos y esto los fortalece y les da fuerzas para soportar su cautiverio.


  • Seguramente- dicen- llegará un tiempo en que podremos volver a nuestra selva, lograremos la libertad y volverermos a nuestro país, a nuestros bosques, donde están nuestros hermanos y hermanas, los reyes de las grandes selvas y estepas.


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La jaula de un pájaro.


Un pájaro está encerrado 3 días y 3 noches en una jaula y al fin se escapa de ella; vuela sin parar un kilómetro y dos y tres sin parar, hasta llegar al bosque a ver a sus hermanas y hermanos y comienza allí a gritar:


  • ¡..Amigos pájaros!.


Los pájaros vuelan en lo profundo del bosque, cantan y saltan y cuando escuchan la voz de su querido amigo, corren todos juntos con alegría y quieren saludarlo, pero el pájaro liberado no los deja hablar:


  • ¡Amigos pájaros! –les dice- ¿Ven allí la ciudad?.


Los pájaros agitan sus cabeza y dicen:


  • Si, la vemos.

  • ¿Saben cuantos hermanos y hermanas nuestros están parados en palos en sus jaulas?.


Los pájaros sacuden sus cabezas.


  • Nosotros sabemos.

  • Mi pequeño hijito, pobrecito –dice llorando la mamá.

  • Mi pequeño hermanito –dice un hermano.

  • Mi papá.

  • Mi mamá.


En el bosque se hace de pronto el silencio y la tristeza, se callan todas las aves y los animales, y sólo se oye el susurro de los árboles que sacuden sus cabezas con pena.


El pájaro libre mira a sus colegas y les grita:


  • ¿Amigos pájaros!. No podemos callar más. Todos unidos debemos luchar por la libertad de nuestros hermanos y hermanas, los que están en las jaulas.

  • Declaremos una lucha contra la ciudad.

  • Ningún pájaro cantará mañana.


A la mañana siguiente la ciudad se despertó más tarde que siempre, y todos los chicos llegaron tarde al colegio.


  • ¿Qué pasó?.

  • A mi me despiertan todas las mañanas los trinos del pajarito y hoy no escuchamos cantar a ninguno –dijo un chico.

  • Yo tengo encerrado uno en una jaula y se quedó callado y no escuchamos un solo sonido- dijo otro.

  • ¿Acaso los pájaros escaparon temprano a otros países?.


El día fue un día gris y oscuro, y cuando los chicos llegaron a la plaza notaron que se cernía sobre ella un gran decaimiento, todos los árboles y las flores estában con la cabeza gacha y silenciosos.


  • ¿Qué pasa aquí? –preguntó un chico.

  • Ayer los árboles estaban frescos y verdes, erguidos y jóvenes, con flores, y hoy parecen viejos y amarillos como en otoño…

  • ¡árboles, árboles! ¿qué ha pasado? –preguntó una nena.


Un árbol alto se sacudió.


  • No sabemos, los pájaros hoy no vinieron, esto nos entristece y nos aflige…

  • Si no escuchamos sus cantos, no podemos florecer y crecer –dijo otro.

  • Nos traen la primavera, la alegría, el sol.


Al día siguiente la ciudad estaba más gris y oscura, y el sol se mostró recién al mediodía, dio una mirada a la ciudad, a las plazas, y enseguida acostó su cabeza y volvió a dormirse profundamente en las blancas almohadas.


  • Ustedes ven –dijo alguien- que si los pájaros no cantan el sol también se entristece.

  • Hoy el sol se durmió todo el día…

  • Los pájaros despiertan también al día, al sol, las flores.


Seis días grises pasaron los chicos en la ciudad, días sin sol, días sin alegría, sin primavera, y sin jugar.


Al séptimo día fueron al bosque a parlamentar con los pájaros.


  • ¿Qué quieren ustedes? –les preguntaron.

  • Coraje –dijeron lo pájaros- queremos la libertad de nuestros hermanos y hermanas, que están prisioneros en vuestras jaulas.

  • Bien, ¿qué mas?.

  • Que ningún pájaro pierda su libertad por una semilla o un poco de pan.

  • De acuerdo.

  • Que no deshagan mas nuestros nidos.

  • Aceptamos.


Al día siguiente miles de pájaros recibieron a sus familiares y salieron contentos a la plaza, y el mismo día miles y miles de jaulas fueron quemadas cantando.


Ese día el sol brilló y calentó como nunca, los árboles y las flores se abrieron y cuando los pájaros empezaron a cantar, muchos grandes músicos dejaron sus instrumentos y dijeron:


  • No hemos escuchado nunca cantar así a los pájaros .



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Estrena el impermeable


Un chico sale de la escuela para volver a su casa en un día muy nublado; empieza a relampaguear y tronar, y pronto comienza a caer una tremenda lluvia.


Otro chico no tendría vergüenza de acercarse a la primera casa y pedir permiso para esperar a que pase el chaparrón, pero este chiquito es un sonsito, y comienza a correr a su casa sin buscarse un refugio.


La lluvia hace mientras tanto lo suyo, y cáe como baldosas, sin importarle del niñito que corre mojado y transpirado por la calle y se empapa.


El chico llega a su casa mojado hasta la camiseta y comienza enseguida a estornudar.


  • ¡Atchis! ¡atchis!.


La madre lo ve y se toma de la cabeza.


  • Ya estoy arreglada –dice- ya estás resfriado.


Y comienza a gritar:


  • ¡Julio tonto! ¡Julio sonso!. ¿No pudiste esperar a que pare la lluvia en algún lugar cubierto?


Enseguida le saca a Julio toda la ropa, pero qué se gana con esto, si ya está resfriado, ya le gotea la nariz y unas horas después tiene fiebre, estornuda y tose; ya está enfermo.


Qué pasa luego, no se lo tengo que contar a ustedes: durante siete días el chico fue torturado con toda clase de remedios, ventosas, cataplasmas, frotaron su espalda, le pusieron compresas, hasta que se curó y dejó de toser y estornudar.


A la mañana, Julio junta sus libros y cuadernos y quiere ir a la escuela. Pero no lo dejan, entonces pregunta:


  • ¿Qué pasa?

  • Allí, a lo lejos en el horizonte flota una nube grande como un pez

  • ¿Y?

  • Tenemos miedo de que esa nube, grande como un pez, se convierta en una nube grande como un oso y del oso un elefante y del elefante caiga un chaparrón.


Y mamá y papá están pensando.


  • ¿Lo mandamos a la escuela? ¿no lo mandamos?. En otra ocasión Julio no se molestaría. No, es no.


Pero justo hoy cuando mamá y papá se preocupan tanto por él, se empaca, y quiere ir a la escuela.


  • ¿Por qué?.

  • No voy a poder entender las lecciones –dice- y voy a repetir el grado.


Piensa la mamá y dice:


  • Sabes una cosa, quédate hoy en casa, te voy a comprar un impermeable y vas a poder ir a la escuela aunque llueva.


Julio no necesitó más, cuando oyó que le iban a comprar un impermeable, comenzó a saltar de alegría.


  • ¡Un impermeable, un impermeable!.


Con un impermeable Julio nunca había soñado, si alguna vez soñó, fue tener un paraguas.


  • Qué bueno es tener un paraguas –decía - es un goce caminar por la calle con un paraguas cuando llueve.


Julio ya sabía cómo se puede jugar con un paraguas. Tiene un amigo, Sergio, que tiene su propio paraguas, entonces lo abre, lo pone en el suelo y lo hace girar como una calesita.


Sergio nunca le quiso prestar su paraguas para que él lo pudiera girar, y él resuelve no prestarle nunca su impermeable para que se lo pruebe.


  • Ya va a ver –dice- él me va a mirar y mirar.


Un lindo impermeable le compraron a Julio, un impermeable de nylon de un lindo color marrón con la forma de una capa. Ya se lo probó por lo menos mil veces y corrió a la calle y lo mostró a sus amigos.


  • Ven mi impermeable, es de nylon.


El impermeable tiene una capucha, Julio se la pone y se para frente al espejo.


  • ¡Qué raro que parezco! –dice.


Julio piensa en lo que parece con el impermeable puesto, e imagina que es un pescador en el mar encrespado, y ya le parece que es un capitán que se pasea por la cubierta de un gran barco dando órdenes.


-¡Aseguren las velas! ¡Tensen las sogas!.


Un momento más tarde, ya no es un pescador ni un capitán, sino un general cuyo retrato vio en una enciclopedia, caminando entre los soldados en el campo de batalla, envuelto en la capa, dando órdenes.


  • Estén prontos.


Hoy Julio estaría muy contento si la madre le dijera que no fuera al colegio y se quedara en la casa, para jugar con el impermeable. Pero justamente hoy lo mandan al colegio. El estaría contento si lloviera para llevarse el impermeable y mostrárselo a sus compañeros, pero, como a propósito, el cielo está azul y transparente sin una sola nubecita.


  • Mamá –dice Julio- ¿voy a llevar el impermeable a la escuela?.

  • No –dice la mamá- está muy lindo afuera.

  • ¿Qué te importa? –dice.

  • Loquito –dice- se van a reír de ti.


Julio mira el cielo, busca una nubecita aunque sea muy chiquita, pero no la encuentra.


  • Mira, mira –dice- sólo por hacerme rabiar a mi, está tan lindo el día.


Julio fue a la escuela sin el impermeable. Pero todo el tiempo tenia su pensamiento fuera de la clase y su mirada fija en el cielo.


  • A lo mejor se aparece una nubecita.


Cuando Julio regresó de la escuela, tenía todo el tiempo su cabeza levantada hacia el cielo y los chicos se reían de él.


  • ¿Qué buscas Julio? ¿buscas la luna y las estrellas en medio del claro día?.

  • Es inútil tu mirar –decían otros- no va a llover nunca más.


Hasta tarde en la noche estuvo Julio afuera esperando nubes de tormenta y lluvia. Y todos bromeaban con él.


  • Los campesinos te van a romper los huesos; por culpa tuya, no va llover más.


Diez días estuvo Julio mirando el cielo y esperando la lluvia, pero como a propósito, los días fueron lindos con cielos despejados y claros, y Julio se puso muy enojado y furioso.


  • Porque yo quiero estrenar mi impermeable, paró de llover –decía.


Los chicos de la calle hacían a Julio distintas bromas, y tarde a la noche, golpeaban a su puerta:


  • ¡Despierta Julio, está lloviendo!.


Otros chicos le mandaban cartas, anunciándole que mañana a las seis de la tarde en punto, lloverá en la esquina de Corrientes y Callao.


Los padres de Julio casi ya se habían arrepentido de haberle comprado el impermeable.


  • El muchacho –decían ellos- se vuelve loco por una lluvia.

  • Ten paciencia, ya llega el otoño y va a llover y llover.


Una vez Julio escuchó que en la provincia de Corrientes llovía y se encaprichó y molestó a su mamá toda la tarde, para que lo lleve allí.


  • ¡Voy a estrenar el impermeable!.


La mamá reía:


  • ¿Pero tu te crees que la lluvia va a esperar?


Julio se enojó.


  • Voy a tirar el impermeable. ¡De qué me sirve si no llueve!


Pero Julio inventó un plan para poder estrenar su impermeable. Su padre regresa del trabajo, va al baño para asearse y ve a Julio parado en la bañera con el impermeable puesto bajo la ducha.


  • ¿Pero qué haces loco? –pregunta el padre.

  • Estreno mi impermeable.


El padre se echo a reír, la mamá también rió y todo aquel a quien contaban la ocurrencia de Julio, también reía con ganas.


  • ¡Las ocurrencias de los chicos!.




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Porqué tienen los burros orejas largas.

La razón por la cual tienen los burros orejas largas, está anotada en los más antiguos libros de la selva y dicen lo siguiente:


El rey de la selva, León XIII, fue un gran gobernante muy inteligente y culto, y se paseaba una fresca mañana cuando se dio cuenta que sus súbditos eran muy mal educados y conocían muy poco del mundo, de los hombres, de las fieras, de los pájaros, etc. y etc.


  • Ningún cazador podría jamás cazar una fiera –dijo entonces- si los animales fueran un poco más vivos y estudiosos.


Entonces, un buen día el león hizo abrir innumerables escuelas y llamó a todos los que vivían en las selvas, las estepas y los campos para inscribirse.


El primero que llegó a la escuela fue el zorro, que se puso a estudiar con rapidez y empeño y en corto tiempo se convirtió en el más vivo e inteligente de los animales del bosque.


Después poco a poco fueron llegando el lobo, el oso, el tigre, e incluso la pantera, y todos demostraron muchos deseos de estudiar para saber.


Pero un solo animal no vino, ese fue el burro, que se reía de todos y decía:


  • Es una lástima perder el tiempo ¿Quién necesita saber todas esas sonseras? ¿Qué voy a ganar con ello?. ¿Alguien por ventura me va a dar aunque más no sea un puñado de heno por mis conocimientos?.


El burro no fue al colegio y caminaba por las peñas arrancando pasto.


Cuando el león se enteró de esta historia, se enojó mucho, y ordenó que trajeran al burro a la escuela arrastrado por las orejas.


La orden del rey fue cumplida, y el burro fue traído por las orejas a la escuela y sentado en un banco.


El burro protestó, gritó y se revolcó, pero pobrecito, no le sirvió de nada.


Al día siguiente el burro se hizo el enfermo y dijo que no podía ir a la escuela.


Pero el león comprendió que el burro quería haraganear y volvió a dar la orden de traerlo arrastrándolo por las orejas.


Otro burro hubiera comprendido que no le quedaba otra solución, y sólo hubiera ido a la escuela, pero éste era empecinado y tozudo y todos los días tenían que traerlo a la rastra por las orejas a la escuela. Tanto tiempo y tantas veces, hasta que sus orejas se estiraron.


Poco tiempo después, ocurrió en la selva una revolución, y las fieras y animales se reunieron y dijeron que no querían que el león los gobernara siempre.


  • El es un león –dijeron- que gobierne sobre los leones.


Entonces las fieras y animales se dividieron en cientos de países y repúblicas. Los osos se hicieron la Republica de los osos. Los lobos una República de lobos y los burros una República de burros.


A nuestro burro, al que llevaban de las orejas a la escuela, lo eligieron presidente de la República de los burros.


  • Como él fue a la escuela –dijeron- es un estudioso y sabrá cómo gobernar el país.


El presidente de los burros gobernó sobre su república con gran acierto, proclamó igualdad, fraternidad y libertad y dijo que para él todos los ciudadanos van a ser iguales, que no habrá ninguna diferencia entre los burros fuertes y los débiles, entre los inteligentes y los sonsos.


Una vez el presidente de la republica de los burros hizo un paseo por su país y oyó como dos borricos hablaban entre ellos quedamente.


  • ¡Viste qué orejas largas tiene el presidente! –dijo uno.

  • Si lo afean mucho y lo hacen parecer muy cómico.


El presidente volvió enseguida a su casa y estuvo mucho tiempo mirando sus orejas en un espejo.


-Si –dijo- son realmente extrañas.


A la mañana siguiente el presidente dio un decreto, que todos los burros debían tener orejas largas y que un burro que no tiene orejas largas no es un burro y que es un honor y una distinción tener orejas largas.


Los burros escucharon este decreto y se preguntaron:


  • ¿Cómo se logra tener orejas largas?.

  • Se arrastra a uno por las orejas tantas veces y tanto tiempo hasta que se estiren.


Los burros obedecieron y se tiraron de las orejas tanto tiempo como fue necesario para estirarlas.


Esta historia esta anotada en los antiguos libros de la selva, y los burros que ya hace mucho tiempo no tienen una república, recuerdan todavía a aquel burrito que fue presidente, como el más inteligente y leído, y están orgullosos de sus largas orejas.



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La muñeca viva.


Dos niñas pequeñitas viven en la misma calle. Una se llama Angelita y la otra Liliana. Angelita tiene un caballito y Liliana no. Angelita tiene una muñeca y Liliana no tiene nada.


Entonces llora:


  • Mamá ¿por qué no me compras una muñeca, un caballito?.

  • Porque no tengo plata –dice la mamá.

  • ¿Por qué no tienes plata?.

  • Porque tu padre gana poco.

  • ¿Por qué gana poco?.

  • Termina ya de preguntar tanto –dice la mamá- Eres todavía demasiado pequeña para saberlo todo.


La niña sale a la calle y juega con la muñeca de Angelita y con el caballito de Angelita, hasta que se pelean y se enojan. Angelita quiere ser la mamá y Liliana también quiere ser la mamá y como no llegan a un acuerdo, se enoja Angelita y dice:


  • ¿De quién es la muñeca tuya o mía?.

  • Tuya.

  • Bueno, si es mía yo tengo que ser la mamá.

  • Si ¿pero siempre?.

  • Si, siempre.


Se entristece Liliana y se va a su casa llorando.


  • Angelita no quiere jugar conmigo.

  • ¿por qué?.

  • Ella quiere ser siempre la mamá.

  • Que lo sea, ¿a ti que te importa?.

  • Yo también quiero ser la mamá.

  • Ya lo serás.

  • Yo quiero ahora.


Liliana llora.


  • Cómprame una muñeca.


La madre le acaricia la cabecita y le dice:


  • Criatura mía, te la voy a comprar.

  • ¡Cuándo?.

  • A lo mejor mañana, a lo mejor pasado, ni bien papá traiga plata.


Liliana es impaciente y quiere ya en ese mismo instante una muñeca como la de Angelita, llora y se lamenta.


  • ¡Una muñeca, yo quiero una muñeca!.


Llega el padre del trabajo y ve que su hijita está llorando, entonces pregunta:


  • ¿Qué pasa pajarito mío? ¿Por qué lloras?.

  • Quiere una muñeca –dice la mamá.


El padre toma a Liliana en brazos y le dice:


  • ¿Una muñeca?. No llores, gatito mío, vas a tener una muñeca del país de las muñecas.

  • ¿Cómo la de Angelita?.

  • No, más linda.

  • ¿Va a decir mamá?.

  • Ella va a decir mamá, y va a decir papá y también va a decir Liliana.

  • ¿Sí?.

  • La muñeca de Angelita no puede reír y no puede llorar, pero la tuya va a poder hacer de todo, ya lo verás.

  • ¿Pero cuándo la tendré? –pregunta Liliana.

  • Muy pronto, hijita, muy pronto.


Liliana esperaba impaciente y todos los días ni bien se levantaba preguntaba:


  • Mamá ¿hoy tendré la muñeca?.

  • No.

  • ¿Mañana?.

  • Tal vez. –dijo la mamá.


Un día la mamá llamó a Liliana y le dijo:


  • Hijita, voy al hospital, de allí te traeré una muñeca, pero no una como la de Angelita, sino una de verdad.


Liliana bailaba de alegría y les contó a todas sus amigas.


  • Mi mamá me va a traer una muñeca, una muñeca de verdad.


Cuando el papá vino del trabajo, Liliana le salió al encuentro con una sonrisa.


  • Mamá fué al hospital a traerme la muñeca.


El padre sonrió y tomó a Liliana de la manito, la entró a la casa y le dijo:


  • Quédate aquí, yo voy al hospital a ver a mamá, pero no tengas miedo que voy a hacer venir a tu tía para que se quede contigo.


Cuando el padre regresó Liliana ya dormía. Ella soñaba con muñecas, azules, verdes, muñecas grandes, chicas, muñecas que corren por la casa, que ríen, que bailan, saltan...


En la mañana, cuando despertó, estaba junto a su camita la tía Eva, quien le contó que ya tenía una muñeca, pero no una muñeca muerta sino una viva, una muñeca que va a ser su hermanita.


Ocho días esperó Liliana impaciente el regreso de su mamá con la muñeca. Y todos los días preguntaba:


  • ¿Cuándo va a traer la “muñeca”?.

  • Paciencia, ya la traeremos.

  • ¿Pero cuándo?.

  • Pasado mañana.


Al fin, volvió la mamá del hospital con la niña en brazos. Liliana salió en su busca, estudió a la pequeña criatura con su pequeña carita rosada, tocó sus mejillitas, la pequeña y puntiaguda naricita, las manitos, los deditos, y comenzó a saltar de alegría.


  • ¡Es linda! –dijo.

  • ¡Más linda que la de Angelita!.

  • ¡Mucho, mucho más linda!.


Liliana quiere tomar la niña en sus brazos y correr a lo de Angelita. Pero la mamá no se lo permite.


  • No –dice- llama a Angelita para que venga acá


Liliana corre a casa de Angelita, la encuentra con su muñeca y comienza a tirar de su mano.


  • Ven y vas a ver mi muñeca.


Angelita va con su muñeca en brazos a la casa de Liliana, mira su muñeca y la “muñeca” de Liliana, mira la “muñeca” de Liliana y la suya y se queda desconcertada.


  • ¿Y? –pregunta Liliana- ¿cuál de las muñecas es mas linda?.

  • La tuya –dice Angelita avergonzada.

  • Tu muñeca no tiene unos ojitos tan lindos, una naricita tan linda, una cabecita tan linda.

  • ¡No!

  • Y unas manitos tan hermosas, tan hermosas, deditos tampoco tiene tu muñeca.


Angelita niega con la cabeza, y de pronto sale corriendo de la casa, llega a la suya, tira la muñeca al suelo y se pone a llorar.


  • ¿Qué te pasa? –pregunta su mamá asustada.

  • No quiero una muñeca así.

  • ¿Qué clase de muñeca quieres?.

  • Yo quiero una muñeca como la de Liliana, ¡una muñeca viva! ¡Una muñeca hermanita! –





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Cuando los chicos se vuelvan grandes.


El papá de Dorita volvió un día del trabajo temprano. Entonces la mamá se asustó y preguntó:


¿Qué pasó?.

Nada –contestó el padre riendo.

¿Estás bien, no te sentís enfermo?.

No.

¿Extrañas algo?.

Por ahora no.

¿Qué pasó entonces? –preguntó la madre más tranquila.

Adivina.


La mamá de Dorita pensó y pensó, y enseguida se acordó.


¡Ah!, lo había olvidado, hemos corrido hoy las agujas del reloj.


Dorita también se maravilló que el padre haya llegado a la casa temprano, y cuando escuchó cuál era el motivo, que habían corrido las agujas del reloj, se alegró muchísimo.


Mamá –preguntó- ¿cuándo se corren las agujas del reloj, papá vuelve más temprano a casa?.

Si.

¡Entonces podemos adelantar el reloj todos los días!.


Los padres se miraron y rieron y Dorita salió corriendo a la calle a ver a sus amiguitos con gran alegría.


Mi papá volvió temprano del trabajo porque corrieron el reloj.

Mi papá también vino más temprano –dijo Bernardo.

El mío también – agregó Juancito.

Cuando se adelantan los relojes los padres vuelven más temprano.

Tenemos que adelantar los relojes todos los días.

Yo sé cómo se hace –dijo Dorita.

Yo también –dijo Juancito- le diré a mi mamá, y le voy a pedir que me enseñe.


Esa tarde los chicos de la cuadra fueron muy felices.


Ahora ya sabemos qué hacer para que nuestros padres regresen temprano del trabajo –se dijeron.


A la mañana siguiente, cuando el reloj marcaba las cuatro, todos los chicos de la cuadra, adelantaron el reloj una hora y corrieron a la esquina a esperar a sus padres.


Mi papá va a llegar enseguida –dijo Dorita- adelanté el reloj una hora.

Y el mío también –dijo Bernardo- yo lo adelanté dos horas.

Yo también –dijo Juancito- puse las dos agujas juntas.

¡Pero si es así, en tu casa ya debe ser de noche!.

¡ya es de noche!.

Entonces ¿cómo no está oscuro? –preguntó Bernardo.


Juancito se concentró y contestó:


Porque.... la noche no se enteró que yo moví las agujas del reloj.

Tienes que sacar el reloj a la calle, entonces ella verá –se rió Dorita.

La noche no mira el reloj de Juancito, ella tiene su propio reloj...


Los chicos estuvieron mucho tiempo en la esquina esperando, pero los padres no llegaron.


¿Porqué no vienen? –se preguntó Juancito.

Voy a preguntarle a mi mamá.

Yo también.


Dorita entró corriendo a su casa con una queja.


Papá no llega...

Qué quieres hijita, es todavía temprano.

No, ya no es temprano, yo adelanté el reloj.

Pero papá no lo sabe.


Cuando llegó el papá Dorita le dijo:


Papá, mañana ven temprano, voy a adelantar el reloj.


El padre rió con ganas.


Si, pero en la fábrica hay otro reloj.


Dorita corre hasta la mesa, toma el reloj y se lo da al padre.


Toma este reloj y llévalo al trabajo, y mira mi reloj y no el del trabajo.

El patrón no nos deja, él quiere que miremos su reloj –contestó el padre.


A la tarde todos los chicos de la cuadra sabían que adelantar los relojes no servía para nada.


Tenemos que hacerlo en la fábrica, el grande de la esquina, el del tren, en las calles.

Tenemos que adelantar todos los relojes de la ciudad.


Los chicos hablan y se prometen que cuando ellos sean un poco más grandes, se van a desparramar por la ciudad y van a pasar por todas las calles. En todas las casas, todas las fabricas y oficinas adelantarán los relojes, para que todos los padres vuelvan temprano a las casas y no tengan que trabajar tanto.


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El mismo Isaac.


Juancito cumplió seis años. Hizo una fiesta e invitó a todos los chicos de la calle y les repartió nueces, caramelos, torta y coca cola y les mostró los juguetes que le habían regalado.


Isaac también estuvo en la fiesta y cuando volvió a su casa contó todo a su mamá y le preguntó:


-Mamá ¿cuándo tendré yo mi fiesta?.

-Cuando cumplas los seis años.

-¿Cuando cumpliré los seis años?

-Dentro de siete semanas.

-Siete semanas ¿es mucho tiempo?.

-No.

-¿Cuantas noches tengo que dormir para que pasen siete semanas?.

-Cincuenta noches.

-¿Cincuenta noches es más que diez noches?.

-Sí.

-Entonces no quiero, ya quiero cumplir ahora los seis años.

-No puedes cumplir ahora.

-¿Por qué Juancito cumplió ahora los seis años?

-Juancito nació antes.

-Yo también voy a nacer antes.


La mamá se rió y le dijo a Isaac que si él se va a portar bien, cumplirá antes los seis años. Isaac prometió portarse bien. Pero cuando la mamá le dio la sopa sólo tomó unas cuantas cucharadas y rechazó el plato


-Ya no quiero más, no tengo más hambre.

-Si no comes todo tendrás que esperar mucho para cumplir los seis años


La hermanita de Isaac, la pequeña Bertita, que estaba sentada a la mesa se arrimó pronto a la mamá y le dijo:


-Dame a mí mamá, yo voy a comer y voy a cumplir seis años y él nada.


-Isaac se asustó y volvió a tomar la cuchara en la mano.


Cuando el gran día llegó, se despertó temprano, saltó de la cama y se paró frente al espejo.


-¿Qué pasa Isaac? –pregunta la madre asombrada.

-Quiero ver si ya soy más grande.

-Claro que estás mas grande, creciste un buen pedazo.


La madre toma a Isaac en brazos y lo suelta enseguida diciendo:


-Qué pesado te has puesto ya no tengo fuerza para alzarte.


Isaac se vistió pronto y salió corriendo contento a la calle:


-¡Mírenme, chicos, qué grande y pesado me he puesto!.

-¿Por qué no nos medimos? –dijo Anita.


Los dos se pusieron de espaldas hombro contra hombro, pero Isaac era mucho más grande.


-Sabes, cuando yo tenía seis años también era muy grande –dice Anita.

-¿Y cuantos años tienes ahora?.

-Ahora tengo tres.


A la tarde hubo en la casa de Isaac una fiesta.


Vinieron tíos y tías y también los chicos de la calle, comieron torta, masitas y caramelos. Isaac estuvo muy contento. Pero su hermana Bertita estaba enojada:


-El cumple seis años y yo nada.


La mamá la consoló diciéndole que ella, si se portaba bien, también cumpliría seis años como Isaac.


Cuando los invitados se fueron preguntó de pronto Isaac:


-Mamá, ¿cuando vaya mañana al colegio me reconocerá la maestra?.

-Y porqué no te va a reconocer.

-Ayer me fui del colegio siendo chico y mañana iré siendo ya grande.


La mamá se ríó y le prometió que mañana le daría una tarjetita con su nombre y apellido, para que la maestra sepa que él es el mismo Isaac, sólo un poco más grande.



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La nena perezosa.


En la calle Corrientes hay una nena, Sarita, que es una perezosa.


A la mañana no quiere levantarse, y a la noche no quiere acostarse.


A la escuela, Sarita, tampoco tiene ganas de ir, y cada mañana, cuando la madre la despierta, pide:


-Déjame dormir otro poco.

-Ya es tarde, son las ocho de la mañana.

-Sólo un poquito más.

-Vas a llegar tarde al colegio.

-A vos que te importa.


La mamá se enoja, la destapa, quita las cobijas y dice:


-Si no te levantas, llamo a casa a cuatro vigilantes y ellos te llevarán con la cama a la escuela.


Sarita se levanta y comienza a vestirse lentamente, mirando enojada el reloj.


El tiene la culpa –dice- sólo él se apura.


Más tarde, cuando la madre la manda a lavarse, haraganea otra vez, se sienta y dice:


-Ya me lavé ayer.

-Hay que lavarse todos los días –dice la mamá.

-Bueno, entonces me lavaré mañana dos veces...


Ve la madre que Sarita haraganea, la toma de una mano, la lleva al lavatorio y dice:


-Si no te lavas ya mismo, mando a buscar a los bomberos y te van a lavar con sus mangueras.


Cuando llegó la hora de ir a la escuela, Sarita comenzó a quejarse.


-Mamá, ya es tarde, ¿no es mejor, qué te parece si hoy no voy a la escuela?


La mamá se enoja:


-Haragana, tu irás hoy, y mañana y todos los días.

-Pero no sé las lecciones.

-¡Te pondrán en el rincón!.

-Tu conoces las lecciones, quizás, mamá, ¿no irías por mí a la escuela?.


Ya la mamá pierde la paciencia, toma los libros y los cuadernos, se los mete a Sarita en la mano, y la pone en la puerta.


Sarita sale a la calle y se encuentra con Josesito que viene con un balde y una palita en la mano.


-¿A dónde vas Josesito?.

-Me voy a la plaza a jugar con la arena.


Piensa Sarita y dice:


-Cambiémonos, yo voy por vos a jugar en la arena, y vos vas a ir por mi a la escuela.

-¿Qué me vas a dar en cambio?.


Piensa Sarita y piensa:


-Te voy a dar todos mis trapitos.

-No quiero, un varón no juega con trapitos.

-Bueno, te voy a dar dos figuritas.

-Bueno.


Sarita manda a Josesito que la espere afuera y entra en la casa a buscar las figuritas; la mamá la ve y le pregunta:


-¿Por qué volviste?.


Ella le cuenta.


-Las quiero cambiar con Josesito, yo le voy a dar mis figuritas, y él va a ir a la escuela por mí con los libros y los cuadernos, y yo voy a ir en su lugar a jugar a la plaza con su balde y su palita.


La mamá lanza una carcajada.


-¡Ay! Sarita que tontita eres!.


Y tomándole la mano la llevó enseguida al colegio.



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El elefante que se cortó la nariz.




El elefante vio que todas las fieras del bosque se reían de él, de su larga nariz y dijo:


Hermano zorro, tu que eres muy astuto, quiero un consejo. ¿Cómo me puedo deshacer de mi nariz tan larga?.


El zorro quería jugarle una broma al elefante y le dijo:


Para eso hay una solución.

¿Qué solución?.

Uno se deja cortar la nariz.


Oídas estas palabras el elefante se estremeció.


¡Qué dices!. Esto debe doler terriblemente.


El zorro se rió.


¡Cómo se te ocurre! ¿crees que tú solo naciste con una nariz así? Todos los animales del bosque tuvieron trompas tan largas como la tuya, pero ni bien vieron que no es lindo, se fueron a un doctor y se dejaron cortar la nariz.

¿De verdad? –se asombró el elefante- yo no sabia.

Yo –le volviò a decir el zorro acuciándolo- también tenía una nariz tan larga, y el león y el oso también, y si no nos hubiéramos cortado las narices ya tendrían tres kilómetros de largo.

¿Quieres decir que las narices crecen?.

Seguro, si no la cortas a tiempo, va a crecer así de grande que no vas a tener fuerzas para sostenerla.


Cuando el elefante escuchó estas palabras, ya no lo pensó más y se fue a un hospital, donde se dejó cortar la nariz y volvió enseguida al bosque con apuro.


Compañeros –dijo- ¿Les gusto ahora?..

¿Quién es este monstruo? –dijo el león.

Algún nuevo animal llegado de lejos –bramó el oso.

¿será un espía? –preguntó el lobo echando una mirada con sus brillantes ojos.

¡Qué dicen amigos! –dijo el elefante- ¿No me reconocen? Yo soy vuestro colega el elefante…

¡Qué elefante! –se miraron todos asombrados- ¿Y dónde está tu nariz?.

Dejé que me la cortaran, ustedes saben, todos se reían de mí….


Pero los animales del bosque no le creyeron y dijeron:


Un elefante sin nariz no es un elefante.

Una de dos –dijeron- si eres un elefante, tienes que tener una nariz. No eres entonces un elefante, ¿entonces quién eres?, un oso, no, ¿un león, un tigre?. Y un lobo , tampoco. Si es así, ¿Qué haces?.


Y el león dijo que el elefante no puede mostrarse al claro mundo hasta que no tenga una nariz…


Ahora el elefante está sentado en una cueva oscura y espera que le vuelva a crecer la nariz.





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El invierno y el verano viven en una pieza.







El verano, se estiró en su cama y quiso tomar un libro, pero escucha que golpean la puerta, se incorpora y pregunta:


-¿Quién es?.

-Disculpe, señor verano, soy yo la dueña de casa.

-¿Qué es lo que quiere?.

-Vine a recordarle que se ha terminado su tiempo, y que hoy tiene que abandonar la casa.


El verano había trabajado mucho los últimos tiempos y estaba cansado, perezoso y con sueño. Entonces empezó a pedir.


-Deje que me quede dos semanas más.

-No se puede.

-¿Una semana?.

-No

-¿Un día?.

-Imposible.

-¿Qué le puede importar a usted?.

-La casa ya está alquilada.


La dueña se va y en la puerta aparece el invierno que se queda en el umbral enojado y furioso. Ni bien lo vió el verano, empezó a tiritar, tomó rapidamente sus cosas, las empaquetó y salió a la calle.


Caminó unos pasos, oyó un largo silbido de un barco y comenzó a dirigirse al puerto.


Pero casi enseguida lo detiene una nena.


-¿Dónde vas, tío verano?.

-Corro al puerto.

-¿Te vas?.

-Si.


Se entristece la nena.


¿Por qué tan pronto?.

-No es pronto, ya estuve aquí mi tiempo, y recibí un telegrama de Europa, para que viaje para allá, me están esperando.


Ruega la nena.


-Quédate aquí este domingo.

-¿Por qué, qué pasa?.

-Mi papá me prometió que si el domingo va a ser verano me llevará a pasear.


El verano ya quería complacer a la niña, pero en ese minuto, un viento frío lo alcanzó en la cara y dijo:


-No, tengo que irme, que te vaya bien.


Escuchó un segundo sonido de sirena del barco y volvió a apurarse. Pero casi enseguida lo paró un pequeñín.


-Tío verano, mañana vamos de excursión con el maestro a un parque. ¿Vas a venir?.

-No, parto ya mismo para Europa.


El pequeño se pone triste y dice:


-No te vayas, te pido, si tú te vas, no me dejarán salir a la calle, y me tendré que quedar todo el día en casa, donde es aburrido, húmedo y frío.


El verano tuvo lástima del chico, pero el viento frío lo sigue y le recuerda.


-Pronto, apúrate, vas a perder el barco.


Se despide del niño y se apura más para llegar al puerto. Lo ve una mujer, lo para y le dice:


-¿Qué, ya te escapas?.

-Ya debo.

-Pero yo todavía no tengo plata para comprarle a mis hijitos zapatos, abrigos, tapados. Lo sabes seguramente.


El verano dijo:


-Y sí lo sé ¿qué puedo ayudar?

-Si tu quieres puedes ayudar: te quedas aquí unas semanas más.


El verano estaba conmovido y ya quería volverse.


Pero el viento lo retuvo en un callejón, y él se despidió de la mujer y se fué.


A unas cuadras del puerto lo persiguió una pandilla de chicos.


-Tío verano, ¿viajas a Europa?.

-Si.

-¿Estarás en Polonia?.

-Seguro.

-¿Y en Lituania?.

-También.

-Yo tengo en Polonia un abuelo y una abuela.

-Bien, les dejaré saludos.

-Y yo tengo en Lituania un primo y un primito.

-Me veré con ellos también.


El barco toca la sirena y el verano quiere desprenderse y escapar, pero los chicos lo retienen.


-Llevarás flores para mi abuelo.

-Sí, pero pronto pequeños, el barco se va.

-Tío verano, ¿Cuándo vuelves?.

-El año que viene.

-¿No antes?.

-A lo mejor un poco antes.

-Tengo que hacerte un pedido.

-Pronto dilo.

-Cuando vuelvas aquí trae a mi abuela.


El verano ya quiere ir al barco, pero los chicos todavía lo retienen.


-Espera, escribiremos cartitas.


Cuando el verano llegó al puerto, el barco ya no estaba y como tenía que esperar una semana para que otro barco partiera, volvió con su equipaje a la ciudad.


Al verlo los chicos se alegraron mucho y comenzaron a bailar en las calles.


-¡Verano, verano, volviste!.


El verano vio que los chicos se alegraban mucho y preguntó:


-¿Por qué se alegran? ¿Dónde estaré ahora? En mi casa ya vive el invierno.


Los niños oyen esto, van corriendo a la casa, y encuentran al invierno desempacando sus cosas.


-¡Eh! –dicen- tío invierno, no te acomodes tanto.

-¿Qué pasa?.

-Deja un pedazo de lugar para el verano, él perdió el barco.

-Para los dos la casa va a ser chica.

-No importa, en nuestras casas también estamos apretados.


El invierno protestó un poco, pero no quería disgustarse con los chicos. Entonces dijo:


-En fin, lo hago sólo por ustedes.


Desde entonces viven el invierno y el verano en una pieza, duermen en una cama, comen de una fuente, y cuando el verano toma su equipaje y quiere ir al barco, le pide el invierno:


-Quédate un poco más, no me dejes solo.


Y el verano, que es muy bueno, deja el paquete y dice:


-Bueno, me quedaré unas semanas más, pero no más porque me esperan en Europa.


De esta amistad entre el invierno y el verano, gozan los chicos que llaman a éste tiempo: el Otoño.



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El perrito que se volvió un gato.


Sergio tiene un gatito blanco y Zoto tiene un perrito negro, juegan los cuatro en la calle. Un día dice Sergio:


Cambiémos, dame tu perrito y toma mi gatito.

Bueno –dice Zoto – cambiemos.


Da Sergio su gatito y toma el perrito y se va a su casa a dormir.


A la noche salta el perrito afuera a la calle y se escapa a la casa de Zoto. Y el gatito hace lo mismo y se escapa a la casa de Sergio.


A la mañana, el chico abre los ojos, echa una mirada y ve que otra vez está su gatito.


¿Qué haces aquí? –pregunta.


El gatito calla.


Sergio se viste, busca por todas partes al perrito y ve que no está, toma en brazos al gatito y se va a la casa de Zoto.


¿Qué pasó? –pregunta.

No sé –le contesta el otro- me despierto y veo que al lado mío está el perrito.

Yo también, abro los ojos y veo que aquí esta el gatito.

Pero nosotros los cambiamos.

Claro que los cambiamos.


Vuelve a tomar Sergio el perrito y se va a su casa.


A la noche, pasa otra vez lo mismo, el perrito escapa a la casa de Zoto y el gatito a lo de Sergio.


Sergio se despertó y volvió a ver al gatito, lo tomó y volvió a la casa de su amigo.


Mira, tengo otra vez el gatito.

Y yo tengo otra vez el perrito.

¡Pero nosotros los cambiamos de veras!...

¡Claro que los cambiamos de veras!...

Probemos cambiarlos otra vez.

Bien, probemos.


A la mañana Sergio volvió a encontrar al gatito y le preguntó a su mamá.


¿Qué pasa, mamá lo cambio y lo cambio y sigo teniendo un gato?.


La mamá sabía lo que había pasado y le explicó que el gatito lo quiere mucho, y entonces Sergio ya no quiere cambiarlo.


Si mi gatito me quiere tanto –dice- yo también lo quiero tanto más a él.



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En China sólo ríe el rey.




El Rey de China, una vez no podía dormir, entonces se levantó en silencio de su cama, salió del palacio y se fue a pasear por las calles de la dormida ciudad.


Era ya medianoche, las calles estaban vacías, y el rey caminaba paso a paso, respirando y llenando sus pulmones de aire fresco y gozando mucho.


-¡Qué felices son mis súbditos! –dijo- qué tranquilos y placenteros duermen…


Llegando a una callecita oyó un llanto, y pensó enojado.


-¡Quién tiene la osadía de llorar en mi reino!.


Ni bien el rey pronunció estas palabras, apareció tras su espalda el primer ministro que se amargó mucho.


-Luminoso rey –dijo- llora un niño.


El rey volvió enseguida a su palacio y escribió un decreto que decía que desde ahora estaba prohibido llorar.


-Deja a los chinos llorar –dijo- y ellos te inundarán el país de lagrimas.


Cuando el decreto fue conocido, fueron miles de hombres al palacio y con lágrimas en los ojos pidieron:


-¡Gran rey!. Déjanos llorar, nuestro corazón está tan herido…


Pero el rey estaba serio y severo y dijo:


-No, eso avergüenza el buen nombre de la ciudad, si un súbdito llora se le echa la culpa al rey y se dice que es malo, que es un tirano….


Cientos y miles de chinos, que no podían aguantar sus lágrimas, a la mañana se fueron del país, se establecieron al otro lado de la frontera y crearon la Republica de la Lágrima. El resto de los súbditos que no querían abandonar su querido país, no tuvieron otro remedio, tuvieron que soportar y no largar una lágrima. Cuando un chino se caía o se rompía la nariz, reía, y cuando a un chino le dolían los dientes saltaba de alegría…


Un tiempo después, el rey otra vez no podía dormir, y salió a la calle; caminó y caminó por las calles hasta que llegó a una callejuela, donde escuchó una gran carcajada y se puso furioso:




-¡Quien tiene el coraje de reír en mi reino!.


Volvió a aparecer el primer ministro y dijo:


-Luminoso Rey, es un niño el que ríe.


El rey regresó enseguida a su casa, e hizo saber al pueblo que desde ahora y en adelante, estaba prohibido reírse.


Miles de personas al día siguiente fueron al palacio del rey y le rogaron:


-¡Gran gobernante!. Déjanos reír, estamos tan contentos…


Pero el rey estaba serio y severo y dijo:


-¡No!, deja a los chinos reír y se reirán de los príncipes, de los gobernantes, y aún del rey también…


Cientos y miles de hombres que no podían vivir sin reír tomaron sus herramientas en las manos y salieron del país a la frontera, donde fundaron la Republica de la carcajada.


Cuando el rey chino murió, todo el pueblo tuvo que acompañarlo a su eterna morada, pero ningún hombre lloró ni soltó una lagrima. Unicamente el príncipe lloró.


-¿Por qué no lloráis? Gritaba el príncipe heredero. ¿No les duele la muerte del gran rey?


El pueblo se miró entre si y contestó:


-¿Llorar?. ¿Cómo se llora?.


El príncipe heredero se enojó, se enojó mucho, pero calló. Mas tarde cuando se hizo cargo del trono, llamó a todo el pueblo y mandó dar a cada chino una tarta.


Los chinos se llevaron la tarta, la comieron y callaron.


-¿Por qué no ríen ustedes? –gritó el nuevo rey- ¿Por qué no demuestran ustedes alegría?. ¿No los alegra el nuevo rey?.


El pueblo se miró sorprendido y asombrado.


-¿Reír?..¿Cómo se ríe?.


El nuevo monarca lanzó una carcajada.


-¡Ja, ja,ja!. Ven ustedes. Así se ríe.


Los chinos hicieron distintas muecas, pero no pudieron de ninguna manera imitar al rey.


Desde entonces se dice: En China solo ríe el Rey.


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